El mareo
domingo, 30 de mayo de 2010
Desde que se me acabó el amor...
Desde que se me acabó el amor…
Estoy en una oficina de impuestos con mi ticket blanco numerado en la mano; una pantalla desliza un número rojo: el 58. Mi número es el 90. Hago un conteo de mis recibos y facturas de mi declaración anual. Siempre se me olvida algo.
Desde que se me acabó el amor…
Estoy formada en la fila del banco, son las 2 de la tarde de un día de pago. La fila culmina en la calle. Dos cajeros comparten un chiste personal. Ríen, ¿de qué ríen? La persona frente a mí no conoce lo que es un desodorante.
Desde que se me acabó el amor…
Estoy en una oficina de gobierno, me han pedido cuatro copias para hacer el trámite y sólo he llevado dos; tengo que salir del lugar, sacar copias y regresar. Estoy segura que cuando llegue a la ventanilla algo estará mal y “tendré que regresar mañana”. Estamos a 30 grados, pero por políticas de austeridad burocrática no hay aire acondicionado.
Desde que se me acabó el amor…
Me preocupa la última campaña política; reviso las estadísticas y discuto apasionadamente sobre el candidato que considero es el mejor.
Desde que se me acabó el amor…
Ya no leo novelas, cuentos ni, mucho menos, poesía. Leo biografías, libros didácticos y el periódico. No quiero perder mi tiempo, arguyo.
Desde que se me acabó el amor…
Junto mis estados de cuenta del banco de manera cronológica.
Desde que se me acabó el amor…
Me siento poco instruida; me pone ansiosa empezar nuevos diplomados, cursos y mi maestría. Me sorprende el tiempo que he “perdido”. Tengo que apurarme si quiero conseguir mi doctorado antes de los 35.
Desde que se me acabó el amor…
Me enoja mi retraso tecnológico. Mi computadora personal es obsoleta: tiene ya dos años… aún no consigo un blackberry, un gps para el coche ni un ipad.
Desde que se me acabó el amor…
Me preocupa no estar “en forma” pienso seriamente acudir a un gimnasio.
Desde que se me acabó el amor…
Odio darle dinero a los “franeleros” que me ayudan a estacionar mi coche; los viejos que manejan a 30 km por hora; los topes, los baches, los semáforos, la gente que cruza la calle cuando yo tengo la luz verde, sobre todo, a los taxistas.
Desde que se me acabó el amor…
Busco un trabajo mejor, uno dónde me vea en 20 años, uno donde ascienda, uno donde crezca; uno de 10 a 12 horas diarias, uno donde siempre me llamen licenciada…
Desde que se me acabó el amor…
Me fijo en la marca de la ropa. Quiero gastarme mi dinero en unos zapatos, trajes sastres, perfumes, aretes, collares y todo aquel fetichismo social de “lo femenino”.
Desde que se me acabó el amor…
Ya no confió, no creo que existan los verdaderos amigos.
Desde que se me acabó el amor…
Desde que ya no estás…
lunes, 7 de diciembre de 2009
conclusión
te quiero por ser motor en mí, por ayudarme (de manera no pactada) a dejar de escuchar la aguda música que salía de rozar las cuerdas emocionales con las que anudaba a alguien que- ante mis ojos miopes- te pareces a distancia.
tal vez vengo a ganarme la libertad de quiene eres a la distancia y eso ya se suma al conteo de bondades. Me bebo el momento sin sed, por gula, por capricho, por gusto y no por deseo- que ahora advierto- son cosas diferentes.
domingo, 29 de noviembre de 2009
crónica subjetiva de viaje.
Yo no creo en la aseveración insulsa "por algo Dios nos pone en el camino a las personas". Yo no creo ni siquiera en Dios. Sin embargo, me obsesiona la necedad- consciente o inconsciente- con la que nos atamos a las personas cuya sola presencia revela el misterio de nuestro ser. Lástima que seamos, a la par, ciegos e idiotas para interpretarlos. Sólo las mantenemos cerca, dentro de nuestra mente; como si advitiéramos que ese es nuestro único consuelo ante lo que permanecerá de por vida perdido, extraviado: nosotros mismos.
y no te dejo ir, te alimento hasta engordarte mórbidamente de símbolos. no quiero dejarte ir, tienes algo que decirme acerca de mí misma, así lo pienso, hasta que me demuestres lo contrario.
Me procuro un par de días a tu lado, inicio un viaje que tiene como punto de partida un desilusionante año, al cual he bautizado como el año limbo: lo que quiero no es una vida libre de infiernos sino una mente a prueba de ellos.
Voy a hacer unas maletas robustas , llenas de fantasmas personales; para arroparlos o sepultarlos.
Me niego a seguir practicando la autoindulgencia que me alargado el camino hacia la adultez y lo hago, paradojicamante, al volcarme en este capricho.
Me sumergiré del pié hasta la cabeza en la acuosidad de un viaje que debido a mi falta de imaginación tiene que ser vívido, físico.
La duda está presente. por qué son incapaz de adquirir una epifanía acostada en la cama de mi habitación?
Los miedos no tienen pasaporte: vienen , se quedan, vacacionan en mí; tienen sus temporadas altas, las bajas...
Hace tiempo que llegué a la conclusión de que la realidad era más asequible a través de la ficción, vicio con tintes oníricos al que recurro con asiduidad. Estaré llevando la ficción de este viaje como algo mucho más significativo de lo que realmente es?
Me hacen falta preguntas, espirales hipnóticos existenciales... hasta ahora sólo tenía conclusiones racionales, básicas, lógicas.
mi nefistófeles a cambio de mis deseos, no me pide nada. Y eso me desconcierta: me quedo parada, estática y a manos llenas. Ella es tres puntos suspensivos ...
Supongo que ella no lo sabe , pero también me ha escogido, bajo pretextos menos poéticos, presumo. Pertenece a ese grupo de personas de quién tengo tanto que aprender: los pragmáticos.
no hay viaje más oscuro ni más profundo, que el que se emprende al tratar de unir nuestra conciencia con la de otra persona. Amo cada segundo que le he robado al azar.
viernes, 23 de octubre de 2009
Cuento No. 3
Su nuera le ha tirado el arroz a la basura: estaba salado. La vieja no sabe cocinar para cuatro, le han dicho. Hasta ese momento entendió con certeza, que la casa se ha vaciado, que ya no hay más bocas que exijan una olla llena, que el batallón de hijos ha partido a la guerra que es la independencia, utilizando todas sus armas no para tomar vidas, sino para darlas. Sólo el menor de ellos le quedaba, hasta hace unos momentos. Masculla, ella ya es inútil.
La nuera se apodera de la cocina, el único rincón de la casa que le era inasequible, el reinado de la vieja se ha reducido, la juventud le ha ido quitando todo, cuarto por cuarto, hasta pronto quedar fuera: lo intuye.
El asunto del arroz fue sólo el principio de la hecatombe, hoy su hijo se sintió valiente, le contrarió dándole la razón a su mujer: queda inmune para siempre de la culpa de hacerla sentir mal.
Al igual que sus nietos, lo cuales, día con día se alejan de la vieja que no entiende de que hablan, aquella que no sabe poner películas en el reproductor ni leer libros digitales.
“Tal vez sería mejor que descansara, que viera la televisión mientras ellos se encargaban de la comida”, su hijo la había tomado del brazo mientras rezaba excusas que la molestia hacía inaudibles para la vieja. La colocó en su cama de cara a la ventana para que viera pasar la vida.
Pero ella no dará victoria sin pelea- piensa- lleva escondidos entre su piel hecha pliegues el arma indefectible de las mujeres enmohecidas: la queja. Y ésta, al contrario de la espada, no se envaina; se lleva todo el día apuntando siempre al frente, atada al frenillo de la lengua.
Hoy, la vieja también se siente valiente.
No se queda en su cuarto y baja de nuevo en la cocina, ahora en calidad de observadora.
Deja que la nuera extienda sus alas cual pavor real en su territorio. Observa como selecciona las cucharadas que meterá a diestra y siniestra en las ollas; no entiende que hay una destinada para cosa, que ni la madera ni el barro se llevan bien con el metal.
Observa como saca sus tazas de plástico mesuradas en onzas, orgullosa de saber de porciones y medidas.
Saca su recetario que ha reservado por años, el de los separadores temáticos: postres, vegetariana, italiana, dietética, tradicional, rápida; así se lee en papelillos de intensos colores que sobre salen del perímetro de la carpeta.
Parece una niña- piensa la vieja- una niña probándose los tacones grandes de su madre; tratando de caminar derecha, tratando de no tropezar.
De todas las recetas escoge una de la peor categoría; rápida- exclama para sus adentros.
La vieja trata de corregir todo lo que su nuera hace; mientras ella corta la cebolla dice como suspirando “es a la juliana no en cuadritos”; mientras añade los ingredientes, “el jitomate se sofríe siempre aparte” y el reclamo más fuerte en tono imperioso “jamás salsa de lata”.
Además, a intervalos profiere sus reclamos anecdóticos. “Cuando tenía apenas cinco años yo ya hacía tortillas y sopa para toda mi familia, desde chica tenía ya buen sazón supongo que es algo con lo que ya se nace, aunque cualquier chicuela con un poco de gusto puede hacerlo” - decía-.
Con un tono aún más lastimero añadía; “la cocina ahora no era como la de antes, uno no sabe como preparan esos frijoles que siempre terminan teniendo un dejo de cartón o esas salsas de lata (precisamente mientras una de las aludidas era vertida encima del platillo) yo les digo como: con restos que vierten en el suelo de Dios sabe qué fabrica y los pintan con colorantes para que no nos demos cuenta de cómo lucen en realidad”- sentenciaba.
La nuera profirió un pequeño lamento, se le había olvidado comprar el ajo.
Buscó en el cajón de las verduras del refrigerador y sólo encontró una pequeña bolsita con cáscaras adentro; una de las costumbres de la vieja que más le irritaba.
Decidió ir a la tienda de abarrotes a dos calles de la casa, no sin antes recibir otra sentencia de la vieja quien decía:” las cocineras inexpertas siempre olvidan los ingredientes”, a lo cual contestó con silencio hasta que el barrido de la puerta culminó en un golpe seco y se encontró de cara a la calle.
El hervor de los alimentos le servía de segundero a la vieja, tenía que replantear su estratagema, las quejas no daban resultados; la mujer de su hijo resultaba ser, lo que ella llamaba, una criatura extraña mesurada en sus respuestas; provocarle hasta la exasperación tomaría más tiempo, quizá un tiempo mayor que aquél que le quedaba de vida- reflexionaba mientras sostenía de nuevo sus cucharones sin darse cuenta.
Probó lo que cocinaba su nuera. Introdujo un cucharón, luego de moverlo para no quemarse, dejo caer una gota en la palma de su mano y sorbió ruidosamente a causa de su de molesta dentadura. El sabor no era malo, lo peor (tuvo que admitirse al menos a sí misma) era que tenía un sazón parecido al suyo. Debió de haberlo captado de tanto verla cocinar, de espiar por encima de su hombro para ver las cosas que hacía, para juzgarla – como ella - pero sin palabras.
La ladrona, así lo creía ahora, había por fin robado todo lo que le pertenecía: soltó el cucharón de la impresión que a parar al suelo. Limpió con una servilleta nerviosamente la evidencia. Algo tenía que hacer- se repetía en su mente.
Verter sal deliberadamente en el guisado espurio, apuntaría la culpa de la familia hacia ella, era demasiado obvio, además, ya había vertido demasiada sal por ese día- pensó.
Revisó el refrigerador en busca de algún ingrediente que quitara su esencia del guisado y lo encontró, justo al lado del bicarbonato de sodio; dos tomates peludos, verdes y blancos: enmohecidos.
Los añadió al guisado y entre todos los ingredientes apenas se podía observar la diferencia entre los vegetales frescos.
Justo a tiempo, puesto que la cocinera inexperta cruzaba la puerta con la respiración entrecortada provocando un leve rumor con el roce de las bolsas de plástico que traía en las manos.
La nuera hizo llamado a la mesa, la familia se sentó impaciente y hambrienta. Los niños se mostraban desganados, son casi las 5 de la tarde, nunca habían comido a esas horas.
Al ser servido el platillo principal a la vieja se le contrae involuntariamente la boca, justo a la altura de las comisuras de sus labios; anticipa el sabor amargo. Pero desiste a rechazar la comida, eso sólo la colocaría como la responsable.
La familia hunde sus tenedores y cuchillos en la comida, al primer bocado viene las expresiones de los niños, “sabe raro” es la expresión general. Pero el padre hace una mueca cuando la madre no lo observa, una mueca de sentencia y obliga a los niños a soportar el agrio sabor de la comida de manera estoica: no quieren hacer sentir mal a su madre, quien para ese momento ya se ha llenado de excusas que murmulla sonrojada viendo directamente al platillo que por cuenta propia reconoce también como extraño.
El silencio reina en la cocina, la única que lo rompe es la vieja, tratando de jugar el papel que todos esperan que desarrolle.
“Nunca son buenas las salsas de lata”- dice como una sentencia.
Para la noche la familia enferma. Inclusive bromean con establecer turnos para usar el baño. La madre se encierra en su cuarto y finge estar interesada en una película televisiva, se hunde el las sábanas de una colcha y finge encontrarse abstraída.
La vieja parece ser la más afectada, sale y entra del baño a intervalos de 30 minutos. A su edad -comenta- su estómago es muy delicado.
Su hijo entra a hablar con ella a la habitación, se muestra apenado, ansioso y sobre todo culpable.
Madre, lo siento- fue lo único que salió de su boca tras 5 minutos de silencio.
Mañana te saldrá mejor el arroz, finalizó, al dirigirle una mirada de complicidad y entendimiento.
Entrecerró la puerta de la habitación de la vieja, mientras ella descansaba en su cama tocándose levemente el vientre con una mano.
Está listo, el aguijón ha sido insertado y ahora puedo morir como una abeja, una abeja reina- se dijo para sus adentros mientras se paraba trabajosamente para ir otra vez al baño.
lunes, 14 de septiembre de 2009
CUENTO NO.2
Falta una semana para que empiece el nuevo semestre de la universidad y Violetta se encontraba tumbada en su cuarto, imposibilitada, por cuenta propia, de levantarse y hacer cualquier actividad. Le tomó todo el día el bajar de su cuarto, localizado en el primer piso de casa, para consultar en el ordenador su horario de clases. El día de hoy, se cumplía su plazo de luto auto impuesto; pero descubría, ahora, que el luto lleva el conteo del tiempo de manera distinta: con agujas de reflexión y segunderos de auto crítica, por lo que el tiempo parecía no avanzar.
Sus padres, la incitaban a salir, a distraerse, incluso, por respeto a este periodo de ostrocismo y reclusión derivado de su culpa, le llevaban películas y libros para mantenerla distraída… de ella misma.
Era precisamente esa actitud la que le llamaba más la atención; volvía a ser una niña, volvía a los brazos de su madre que se sentaba a la orilla de la cama y cosía de nuevo un cordón umbilical con sobreprotección y olvido; sobre todo éste último. Al fin y al cabo, eran ellos, sus padres, quienes le habían arrebatado su recién adquirida capacidad de decisión cuando la obligaron, por segunda vez, a abortar.
Las vacaciones de verano habían encapsulado el tiempo, ella se encontraba alejada de todo lo que había sido su vida hasta ese momento. Había dos cosas que le preocupaba enfrentar al término de este periodo de asueto; la primera, la obligación impuesta por sus padres de no cometer otra vez el error que le trajo a esta situación; la segunda, el ver en su salón de clases, a unas cuantas butacas, al culpable.
A pesar de su silencio, presentía que su ex novio había deseado su embarazo; desde el momento mismo en el que eyaculó adentro de ella como jamás lo había hecho, la última vez que estuvieron juntos, en lo que en conversaciones ulteriores ambos llamaron como el sexo de despedida.
Sospechaba, que aquel no nato resultado en mucho estaba relacionado con el término de se relación dos semanas antes; y la muestra cruel, desesperada; de quien fuese su novio por dos años por retenerle, al engendrar, un nudo vivo que los atara para siempre.
Ahora es cuando le venían a su mente relámpagos de recuerdos e imágenes de su ex amante mirándole el vientre, totalmente extrañando, mientras caminaba por los pasillos de su facultad.
Después de todo, fue rara la manera en la que se manifestó su embarazo; al día de su culminación tenía ya 20 semanas y apenas se le abultaba unos cuantos centímetros debajo de su playera, justo al filo de los pantalones de mezclilla.
Por tal razón, ésto había sido una gran sorpresa hasta para ella que pensó que los síntomas de su cuerpo correspondían a un ciclo menstrual irregular y una infección anterior.
Cinco meses habrían sido demasiado para cualquier otro médico dedicado a estos menesteres, pero su madre, médico también; logró convencer a un ginecólogo, amigo suyo, para que efectuara el procedimiento.
Su padre era el más convencido: “no mantendría el hijo de ningún vago”, mucho menos antes de que su hija culminara la licenciatura.
Para Violetta, ésta vez había sido, paradójicamente, mucho más difícil que la anterior. El día de la cita, en el sanatorio, tardó más de una hora en llegar del lugar donde había estacionado el coche a la puerta, situada a unos cuantos metros. No estaba convencida, pero la tenacidad de su padre la termino por convencer.
La primera vez no fue así. En ese entonces, cargó en su mente una bandera ondeante de justicia que lideraba un ejército de razones comandado por el oficial mayor: el rechazo del padre.
El aborto razonaba entonces, se efectuó, como una medida necesaria para salvaguardar a un ser, de un dador de vida que siempre negó su paternidad.
Como en el momento en que él recibió la noticia: retirando rápidamente la mano del vientre de ella, al ser anunciado como padre. Mientras que sostenía en la otra mano un cigarro perfectamente forjado de marihuana.
La primera vez la definía tan diferente; estuvo tan inconsciente todo el tiempo, siendo llevada por el flujo escalonado de hechos que acaecieron justo después de no volverle a dirigir la palabra al él. Justo después de recurrir a sus padres y volcar todo ese amor pasional en indiferencia.
Ahora él está muerto, tiene casi dos años. Seis meses antes de ello, le dejó de dirigir la palabra, precisamente por la indiferencia con la que trató el asunto: a la semana del aborto se lo encontró en una fiesta; su conciencia, según él le dijo; se encontraba tranquila, él sostenía no ser el padre.
Hoy piensa que no hubiese sido tan mala idea dar a luz, ahora que es tan difícil hallar algo de él; quedan fotos, cartas, sus valiosos libros y películas; pero de él, ya no queda nada; quemó su existencia con un pinchazo colérico de su única, y trágica, experiencia con la heroína. Y ella, mató su descendencia en un arranque de rabia, impotencia y desesperación.
Él, se murió esperando que se le abrieran “las puertas de la percepción”, se murió con Huxley susurrándole al oído, con Ginsberg tratando de agarrarle la verga; con Camus y Sartre consolándole, no su existencia, sino su próxima inexistencia y con Nitzche reprochándole su debilidad. Ya no fue el héroe que hubiese querido, ya no cambio el mundo, no lidero revoluciones ni sociales, ni culturales; ni personales a decir verdad. El estudiante de psicología mató su “psique” y no quedó nada de ese conocimiento, ni de esa inteligencia.
Ellos fueron buenos amigos, fueron ante ellos mismos confesionarios vivos de sus pecados. Ya se había escuchado a sí misma decir ¿Cómo saber los caminos que después tomaría? ¿Cómo anticipar su muerte? ¿Cómo saber que él haría algo tan estúpido como “experimentar” con heroína?
Ellos jamás se reconocieron como amantes, eran “amigos”, amigos que mientras se cogen hablan acerca de aquellos que los cogieron y planeaban coger. Eran amigos con todos los derechos sexuales sobre el otro, menos aquellos que correspondían a los celos y a la exclusividad.
Su muerte la supo más de una semana después de ocurrida. Todavía llegó a ir el último día de su novenario que le organizó su familia. Lo cual era raro: él se autodefinía ateo, por veces agnóstico.
Ella ya no decía su nombre, su muerte hacía demasiado doloroso nombrarlo. Y ya no hablaba más de él, pero sí que pensaba mucho, mucho más desde hace unas semanas, cuando supo que estaba embarazada de nuevo.
Iván, su ex novio, era diferente, un junkie simple o simplemente un junkie, un junkie alegre e inconsciente; pero para fines prácticos, era lo mismo.
Uno de esos que se mete “tachas” en los raves de los fines de semana en el bosque; para bailar dos días como epiléptico, coger y después regresar a su ciudad suburbana vanagloriándose de sus experiencias “místicas” con la naturaleza.
Otras de las razones por las que no era conveniente traer al mundo a ese niño (según enumeró en una hoja de la parte de atrás de su libreta) eran las siguientes: la administración que había hecho estos últimos cuatro meses de 4 cristales, 2 “cuadros” y 50 gramos diarios, calculo aproximado, de THC. El último podría ser menos o más, pero ella disfrutaba la especificidad y el conocimiento que la anotación denostaba.
Tal circunstancia pensó, podría derivar en la llegada al mundo de un niño de seis brazos y dos penes, tal como decía su madre les pasaba a los hijos de aquellas personas “teporochas”. Aunque cabía la posibilidad- esto lo decía para consolarse- de que su vástago creciera con un Ajna, un tercer ojo que le permitiera abrir de un golpe las puestas de la percepción, ventaja espiritual sobre el resto de la insípida humanidad…
Violetta recorrió por séptima vez su dormitorio, hoy había un concierto local de ska en la ciudad, le apetecía ir, no tiene ninguna restricción para hacerlo, pero la sola razón de estirar la mano hacia sus padres para pedirles dinero (por ínfima que fuese la cantidad), le llenaba de culpa: sólo podía estimar lo que la “operación” había costadado y aquella estimación siempre tenía cinco dígitos.
Así que estaría de esa manera otros días en espera de hundir la cabeza y la culpa en el reloj de arena de la cotidianidad. Y al pensar esto, su cabeza se llenó por primera vez en semanas, de preocupaciones estudiantiles. El mundo no se detenía; tomó sus celular para revisar los mensajes de texto, por la decisión estúpida de confiarle a sus amigos “su situación” ahora llenaban su buzón con mensajes juiciosos y “moralinos”, envueltos en lo que juzgó como falsa empatía y comprensión. Aventó el celular con fuerza contra una de las paredes de su habitación, y sonrió, al descubrir que escondido dentro de la tapa donde se encuentra la batería había un “Hoffman”. Sonrió, lo había buscado desde hacía un mes, y ahora tragarlo le llenaría de culpa. Será después; pensó.
A Iván, lo quería porque la quería, porque no le gustaba estar sola; aunque tuviese lo que calificaba como pequeños “defectos”: siempre robaba.
Aunque la ventaja, decía ella, era que nunca se lo ocultaba, nunca le mentí. Llegaba a la casa de ella orgulloso con sus “medallas”; tendía en su cama dos o tres playeras para ella, todas de su gusto, de su talla; las cuales continuaban colgadas en su armario, el estrenarlas ( eran cerca de una veintena), despertaría la sospecha de sus padres, quienes con mayor regularidad preguntaban acerca de los objetos nuevos en sus cuarto y la ropa nueva que ella no podía costearse.
Su ex novio contaba ya con restricciones para entrar en ciertos lugares: la vinatería del centro, donde trató de esconder en su pantalón una botella de tequila; un gran centro comercial y la biblioteca de la universidad, de dónde extrajo tres caras ediciones extranjeras, éste último hurto inició toda una investigación en el campus.
Pero hay algo que le muerde la mente a Violetta. A pesar de que a Iván lo quería menos que aquél que ya no pronuncia, ésta vez si hubiese querido ese bebé.
Tal vez era el hecho de lo avanzado de su embarazo, o la edad que ya tenía- dentro de seis meses cumpliría 23 años-o que ésta vez si se sentía preparada; aunque poco sabía que significaba esta aseveración.
Se acostó en su cama y se acomodó para dormir un poco más, mañana tendría que ir al campus a verificar su horario de clases.
lunes, 27 de julio de 2009
domingo, 21 de junio de 2009
LIBRETA ARRUMBADA PÁGINA CUATRO
Y si quería sacar mis garras, rasguñarte y repelerte, me invadío la impotencia al notar,
que de mis brazos no brotaban manos ¡ ni mucho menos garras!...
sólo tenía - seguidos de los codos- dos inútiles muñones.
Peor aún darme cuenta de que el hilo con el que ataba a mí, estaba estúpidamenta anudado a mi cuello. Porque apesar de dejar tanta inocencia entre tus piernas;
te cercioraste de que jámas perdiera ni una pizca de ingenuidad.
colibrí suicida
Nada valdrá la estaca y la plegaria,
ni la bala plateándome en el pecho cálido
clavare el marfil en tu garganta y entrara el amor hasta la arteria,
y te volverás oscura ,
perseguida por el gritar de las cosas
y no se te dará el sol ni espejo habrá para tu nombre
en otro mundo será en el que me arrepienta,
de haberte prendido con el filo de mi boca
¿Qué hiciste de mi?
que perder el reino y sólo por ser contigo.
No pude morder tus sueños
ni la luz de la luna contagiarte
viví al borde del peligro,
con el colmillo preso de la fiebre
y desde esa noche pido al silencio,
el permiso de habitarte,lo que siento por ti, es un amor oscuro,
hallado,en la mañana en lo profundo,
en donde se halla lo que importa,
lo tuyo y lo mio no tiene linderos ni etiquetas es un amor como abrazo del sol,
no es un amor de estarse sentado a que amanezca,
es todo de riesgo y sin orilla
callado y metido a fuego en el costado
esta noche pensare en tu labios y moriré como mueren...los colibríes en la noche.
(Borrego)
lunes, 15 de junio de 2009
LIBRETA ARRUMBADA (PÁGINA TRES)
FUMANDO
Continúo fumando un cigarro tras otro, como una sesión de besos de alquitrán y monóxido de carbono. El humo concentrado en un cuarto cerrado, emula un extraño vaho exhalado por un centenar de individuos invisibles en un gélido congelador: mi habitación.
Coloco otro cáncer entubado en mis labios, que ahora ceden espacio, no a otros labios, sino únicamente al filtro y al tabaco.
Fumar me recuerda tanto a ti; pero no hay flama, ni cigarros, ni pulmones que aguanten prolongar tu presencia demasiado.
Recuerdo haberme forzado a adquirir este vicio para procurarme un lugar a tu lado, cuando la dependencia te obligaba a tomar tus dosis y al consumirla, buscar quien te acompañara.
Una voluta de humo en el aire es el evocativo perfecto de tu ausencia, más que un vicio mortífero.
Continúo, “le doy un golpe” a la combustión de un suicidio lento, paulatino y silencioso.
Y la verdad es que odio fumar.
domingo, 14 de junio de 2009
LIBRETA ARRUMBADA (PÁGINA DOS)
“ Todo pasado pertenece ya a la muerte”
Con las manos ya callosas, medio rotas de tanto cavar para enterrarlos, en tierra estéril y con ese mismo resultado, me resolví un día proponerle escaparnos de ellos para siempre.
No me fue fácil convencerla, en un principio ella pensaba que aquellos eran parte inherente de su ser y que dejarlos atrás modificaría para siempre, de manera irreversible, su personalidad. A pesar de saber quién era, jamás llegaría a recordar quién fue.
Entonces le hice ver que eran sus fantasmagóricas presencias quienes dependían de ella y no en viceversa. Bastaba ver los esfuerzos que hacían para ser notados y la apremiante angustia que les provocaba ser ignorados, peor aún ¡olvidados!
No, ellos se mantenían aún sólo porque ella les seguía llorando su muerte, porque lagrimeaba secretamente cada vez que en lugar de echar tierra de por medio le huía a la fosa que permanecía abierta y a la vista.
Pero un día, aceptó irse lejos conmigo y escapar juntos de todos sus muertos. A pesar de la grata sorpresa me fue ésta igual aterradora: me descubría a mí misma sosteniendo con fuerza su mano, siendo interrogada por ella, una y otra vez, acerca del rumbo que tomaríamos. Antes de que me invitara a pasar a su cementerio, yo únicamente daba vueltas sobre mi propio eje hasta marearme, pensando y soñando mucho sobre caminos de los que sólo había escuchado hablar.
A veces se me dificultaba recordar lo que existía fuera de los muros del panteón, me parecía que siempre lo recordaba diferente, más claro , más oscuro, más ancho y reducido según me dictara el momento en el que me sumía a tales reminiscencias.
Pero estaba decidida a no rendirme, decidimos irnos.
Dimos vueltas hasta agotarnos, llegamos incluso a pensar que los límites del terreno, antes asequibles, se extendían a nuestras espaldas. Pero le hablaba, le hablaba mucho sobre otras tumbas, otros ecos, otros muertos.. y de vez en vez, de la vida que sabía que existía allá lejos, fuera de nosotros.
En una de esas vueltas, ya llenos de cansancio, fue ella a caerse, precisamente, en una profunda fosa abierta. A su caída cuatro segundos después, le prosiguió un golpe seco.
Me asaltó la preocupación. Viendo hacía la oscura profundidad le pregunté si se encontraba bien, pero no contestó. Todas mis preguntas fueron contestadas con silencio. Volteé hacía mi alrededor para descubrir que los fantasmas notaron lo que pasó. Ellos se acercaron a la fosa, la rodearon y todos en montón dieron un salto hacía dentro.
Le pedí que saliera rápido, que escalara por las piedras sobresalientes, que se agarrará de las raíces, de lo que fuera. Le tendí mi brazo, pero era muy corto. Me gritó ahí, más abajo que el suelo, que le tenía miedo a las alturas.
Tenía miedo y le grité que sin los fantasmas, que le hacían compañía, había podido observar al fondo una gran puerta argelina. Pero ella ya no me escuchaba.
LIBRETA ARRUMBADA (PÁGINA 1)
Murmullo cronológico
Huelo a pesadillas de ayer,
destilación del efluvio de realidades de antaño.
Con la avidez de la obstinación del idilio,
tengo ensoñaciones recurrentes con el pretérito lejano:
musitado y estropeado;
por mi continua murmuración de la temporalidad de efectos,
antítesis de la perdurabilidad de mis afectos.
Emoción mediata a la facultad memorística.
El recuerdo sólo toma significado en el silencio.
Todo pasado pertenece ya a la muerte,
si el bullicio de la inmediatud callara,
he ahí el espacio para el lenguaje de los fantasmas.
domingo, 17 de mayo de 2009
CUENTO
La amiga
Si he de hablar de mi infancia, lo haré empezando con una frase que en sí sintetiza una buena parte de esta etapa. La cual afectaría de manera considerable el desarrollo psicológico que determinaría más tarde mi carácter; fui una niña solitaria; por cualquier cosa que con eso se entienda.
Me parece que la imprecisión le hace favores a los hechos: los hace más interesantes, porque lo impreciso siempre queda revoloteando en la mente hasta impregnarse de la mente misma del receptor.
Fui una niña solitaria, no sociable. Me di cuenta desde muy chica,-tendría escasos siete años,-de algo que aún tiene validez dentro del razonamiento supuestamente maduro ,más bien decadente de la adolescencia tardía; me hice de una idea acerca de los demás de la cual no me he podido deshacer desde entonces.
Tenía la vaga impresión de que las personas utilizaban a los demás para descargar su energía psíquica. Energía que de otra manera se volcaría sobre ellos mismos y, por su intensidad, sería siempre de carácter destructivo; cosa que no sucedería siempre cuando se descargara en los demás: entonces habría la dual posibilidad de lo positivo y lo negativo; siempre dependiendo de la persona a la cual fuese dirigida.
Por supuesto que en ese tiempo no me plantaba de esa específica manera las cosas, si no que me preparaba los cimientos de tal idea: pensaba que si los seres humanos necesitaban tanto de los demás no era sólo por el hecho del sentirse queridos y acompañados; sino por algo aún más egoísta que lo anterior : podían eximirse de cierta culpa.
Era un compartir, un dividir cierta pena, cierta sentencia-podría bien ser la vida- en dos o más partes, era querer responsabilizar al “otro” de algo, cualquier cosa; si era una futileza mejor aún, es como un crimen silencioso y perfecto por su pequeñez pero constancia.
Esta curiosa idea- no sostenible ni demostrable fue lo que paradójicamente me llevó a establecer mi primera relación de amistad, por más irónico que parezca, de ahí partió el hecho de que tuviera a mi primera amiga. Aunque para llegar a eso pasó un largo tiempo intermedio de peripecias infantiles; cada una de ellas sólo reforzarían la idea expresada anteriormente.
Como lo había dicho antes, en mi estado de “soledad”; pasaba las horas abstraída, no hay forma más fabulosa de construir un muro impermeable contra la “parte de nuestra persona que es expulsada al exterior”. Es dejar bien en claro una cosa: esa parte es también de otros, vive de la audiencia; en soledad duerme.
Sin confundir, somos nosotros mismos: el políticamente correcto Yo, la versión desprovista de las sinuosas protuberancias de la perversión.
El repliegue en nosotros mismos posee una de las más peligrosas cualidades, sino es que la más peligrosa, pensando que se me conceda el poder de clasificar los peligros del ser humano, la cual es la adicción.
Es aditivo no por el hecho de que se encuentre uno en un lugar cálido, seguro; al que por tales adjetivos se haga obvio que se tenga por este una inclinación casi instintiva.
Es aquí donde hago un paréntesis, la observación empírica, a la cual me he dedicado de manera vitalicia, me ha permitido la construcción de una teoría, por ser inadmisible en el contexto científico, se ha establecido en mi mente como una revelación intuitiva personal; a la cual le debo subordinación por el simple hecho de ser tan mía; para mí el primer instinto no es el de supervivencia-al menos no en el ser humano-el primer instinto es el placer. La vida se trata de conservar a toda costa sólo por un fin, es el lugar donde existe la posibilidad de obtener placer.
Así que el instinto por el cual algunos tenemos una inclinación por el repliegue en nosotros mismos es el placer.
El placer de vivir en nosotros no consiste en que uno se encuentre en un lugar agradable, sino en uno conocido: se sabe que esperar, se conocen los límites, no hay sorpresas: ni gratas ni desagradables. He ahí ese extraño placer, y las aún más extrañas personas que lo experimentan, como yo; que hablo de las sensaciones placenteras de estar en un lugar conocido, no por eso agradable necesariamente. Nosotros mismos.
Recuerdo muy bien el día en que dejé de hablar con los niños de mi edad, me parecía que nunca los podría tener contentos. Unos buscaban cambiarme, para que fuera tan parecida a ellos que su relación de amistad conmigo no fuera más que una extensión de su ego; otros querían mi compañía, no porque me apreciaran y desearan pasar tiempo conmigo, no; sólo no querían que los demás los creyeran incapaces de poder tener amigos, para que no los creyeran débiles o incapaces; entonces era mi persona quien llenaba un vacio de frustración en el mejor de los casos.
Había otros casos menos afortunados, había quien se acercaba a mí porque sentía compasión, porque mi habituada actitud taciturna no me permitía ser amigable. Estos juraban sentir que me dolía ser despreciada de tal manera por mis congeneres. Si no les mostraba una muy visible tristeza terminaban por alejarse, su compasión los hacia superiores, al no existir una notoria diferencia no tenía ningún caso compadecerse de alguien que no era total y perpetuamente más desgraciado que el compasivo.
Así que me alejé de ellos, dejé de buscar su simpatía, dejé de tratar de agradarles. No hablaba con ellos más que lo estrictamente necesario, en los recreos jugaba sola, lejos de todos. Debo decir que esto no sólo me ahorraba tiempo y esfuerzo; también habían mejorado mis notas y disponía de toda la tarde para hacer lo que a mí me placiera en gana.
Por consecuencia mis maestros se dieron cuenta. No porque fueran constantes veladores de la salud mental de sus alumnos manifestada en su conducta; sino porque algunos de mis compañeros hablaron con sus padres de mí. La escuela cuidaba su imagen: querían que los niños sonrientes atrajeran más alumnos de nuevo ingreso para el próximo semestre;una niña triste y sola era mala imagen para la escuela. Ellos hablaron a su vez con mis padres, se había llegado a un común acuerdo entre todos; algo malo con seguridad pasaba en casa.
Mis maestros presumiendo sus escasas nociones de psicología infantil citaron un día a mis padres en la oficina del director. Ahí estaba el cuarentón director de cabellos negros, piel morena, lentes, estatura baja y mediano peso; quien se agarraba compulsivamente su barba de candado hasta peinarla de manera meticulosa.
Él se encontraba junto con mis otros maestros, mi maestra de “Español”-o más bien maestra multidisciplinaria de la cual hacen uso las primarias: maestras quienes sólo saben lo más mínimo de todo. Además mi maestro de Ingles, Mr. Tom; un estadounidense rubio, de ojos azules, piel pálida y acento americano; quien constantemente tenía problemas con sus alumnos, problemas que él etiquetaba de “choque cultural”, o era más bien que todos disfrutaban jugándole bromas en las que utilizaban juegos de palabras incomprensibles para él debido a su falta de dominio en el idioma español.
Ambos maestros no dijeron nada más de mí aparte de lo que se les preguntó.
Al parecer el director sólo los creía útiles como testigos que asegurarían que la escuela tomaba parte en los asuntos interpersonales de sus alumnos. Juntos tuvieron una conversación que por las anécdotas de mis progenitores, reconstruiría ayudada de mi imaginación de esta manera:
La he citado para hablarle del comportamiento de su hija. A veces no nos percatamos que el comportamiento de nuestros hijos difiere un poco del normal, del saludable; usted sabe... es difícil prestarles atención todo el tiempo, pero es necesario hacerles un espacio en la agenda de nuestra vida- probablemente dijo el director.
Nuestra hija es completamente saludable, su comportamiento es diferente porque ella es diferente, o mejor dicho no común. Deberían más bien alentar a los niños que en tan temprana edad son unos individuos autónomos con personalidades definidas: ella es tímida, siempre lo ha sido- posiblemente respondió mamá.
Ya no estamos hablando de timidez señora, y lamento dirigirme tan crudamente, pero parece que no ha entendido mi punto. Su hija sufre de una casi total misantropía-(cambiando un poco de tono para crear un efecto persuasivo)- Los niños no siempre tienen la capacidad de utilizar el idioma para comunicarse, para darle a conocer al mundo sus necesidades, sus frustraciones, sus problemas: escogen otro tipo de lenguajes, casi siempre como estos; cambios repentinos y drásticos de actitud, a la que los especialistas llaman “formas de llamar la atención”... ¿Cree que su hija le éste tratando de decir algo?- me gusta pensar que preguntó.
Dudo mucho que se trate de algo grave: somos una familia totalmente normal, si lo que está insinuando es un tipo de anomalía o desintegración familiar, dudo mucho que ese sea el caso. Habría que ver entonces cual es su ambiente escolar, ¿No cree? [...]- palabras evasivas que pudo haber pronunciado mi madre.
Así que mi “actitud” fue una culpa que todo mundo trataba de adjudicar a otro. Al parecer el razonamiento era este: yo era una pequeña niña, ¿Qué poder tenía yo sobre mi propio comportamiento? Decían que algo trataba de decir, cuando pensé que había sido clara: no quería decir nada a nadie, ¿No era por eso que era callada? Fue ahí cuando me di cuenta de algo: ¡Qué poco esperan los adultos de los niños, incluso en las cosas negativas!
Me di también cuenta que la junta había causado una profunda impresión en mi madre, aunque bien había tenido la prudencia de ocultárselo a todo mundo. En cuanto a mí, su preocupación me era parcialmente transmitida a través de unas mal ocultas indirectas. Entre las muchas que me dirigió recuerdo una en especial, la cual referiré para darme a explicar de una manera correcta.
Un día me encontraba yo en mi cuarto leyendo por enésima vez un viejo cuento infantil. Este narraba la historia de un sapo caricaturesco que no sintiéndose pertenecer al grupo de sapos de su charco, imaginaba melancólicamente todas las noches la manera por la cual le fuese posible llegar a la luna y vivir en ella. Me encontraba leyendo ese cuento y uno de Hans Christian Andersen – el cual no recuerdo- simultáneamente. Estaba acostada en mi cama sosteniendo el libro enfrente de mi cara. Estando yo tan concentrada que no advertí la presencia de mi madre hasta cuando su cercanía a mí era tal, que me impedía evadirla de manera sutil. Se sentó en la orilla de la cama, en la izquierda; dejo caer su cuerpo en mi cama hundiéndola de su lado un poco, me miró a los ojos con los suyos; unos pequeños ojos cafés; su largo cabello negro se partía en dos grandes mechones en la parte inferior de la nuca, estaba más pálida que nunca, tenía un aire reflexivo e inseguro, aparentando una amistad que para mí nunca había tenido, me dijo lo siguiente:
¿Por qué estás encerrada en tu cuarto en tan bonito día?, ¿No sientes deseos de salir a jugar?-dijo ella en un tono que pretendía simular como infantil, quizá con la esperanza de acercarse por este medio a mí.
No-contesté- me gusta estar aquí, si no me gustara y me gustara más estar afuera, ahí ya estaría.
Mi madre no supo que responder. Al parecer me creía más estúpida de lo que realmente era. Así que volvió a insistir de nuevo:
¿Por qué prefieres estar aquí adentro sola en vez de estar afuera, donde están los niños?
Al parecer la respuesta que le di no le satisfizo, pero la alertó de que yo era lo suficientemente inteligente como para no ser convencida por una conversación tan mal preparada y barata como aquella, así que dije sin reparo y de un golpe:
Precisamente por eso: porque afuera están los niños.
Después de eso su mirada se llenó de terror: quizá si había algún problema conmigo. Al menos por ese día me dejo en paz; pero continuaría propiciando conversaciones como por largo rato.
Mi comportamiento no se modificó en seis meses: yo seguía evadiendo a mis compañeros de mi escuela, hablaba poco, participaba poco en la escuela, jugaba sola y convivía poco con mis padres, aunque ese aspecto no me exigía ningún esfuerzo-,mis padres ya desde antes me prestaban poca atención.
En su mente mi madre había estado haciendo conjeturas; mi padre había ignorado todo evadiendo el tema. Para él éramos una familia sana, él nos había dado todo; yo tenía que ser feliz, no existía otro curso ni otra posibilidad.
Mi madre empezó a creer que yo tenía un problema: tal vez sufría de alguna psicopatía o peor, tal vez era infeliz. Era ésta última posibilidad la que más la alarmaba, el caso de que tuviera alguna enfermedad patológica la eximía del arrepentimiento, el que fuera infeliz no.
Aunque para ser precisos se entiende que no era ninguna de las dos, había decidido que la convivencia me quitaba más de lo que me daba o peor aún: no me daba nada. Pero en ese punto los nervios de mi madre, las observaciones de mis maestros y la presión que ejercían sobre mí mis compañeros- siempre con el propósito de que fuera sociable empezaron a hacer estragos en mí. Cedí.
Pero eso sí, muy a mi manera.
Empecé a hacer un repaso de lo que eran mis actividades; aquellas que hasta el momento había realizado en solitario de manera satisfactoria se me presentaban como faltantes de “algo”. Me llegué a preguntar hasta que punto debería de ser así. ¿Hasta qué punto estaba en lo correcto?
Así que cedí: tuve a mi primera amiga; pero no sería ni sencillo y común; mi primera amiga fue imaginaria.
No me atrevía a mendigar de ninguna manera la amistad de mis “compañeros de la escuela”, nada más alejado a lo que era yo. Así podría imaginar a mi amiga de la manera que yo quisiese. Terminó siendo, por un acuerdo tomado en la soledad de mi cuarto a obscuras: una chica de mi edad (7 años), su nombre era Violetta ,cabello negro largo, larguísimo, al las caderas; ojos verdes, piel pálida, estatura baja, flaca y vestida toda de negro: mi color favorito.
Si hay que ser más específicos incluso diseñé su ropa como si se tratara de una bella Barbie Malibu. Pero en cambio a ella le hice vestir la ropa de mis libros, de mis cuentos; vestidos victorianos ingleses; pero todos teñidos de negro. Y siendo mi creación la pequeña “Frankestein” debía de ser como yo, o más bien como habría querido ser: creía estúpidos a los demás niños, y aún más estúpidos a mis padres; y sobre todo creía que yo era genial.
Ella tenía las más locas ocurrencias acerca de todo, ella, por lo contrario a mí, no callaba nada. Decía lo que pensaba, decía lo que yo quería decir. Y lo decía. Si no era a los otros que no la veían; si me lo decía a mí.
Aparecía cuando me encerraba en mi cuarto y el atardecer pintaba el cielo de rojo en unas nubes que se alargaban hasta su máxima posibilidad. Me lo decía cuando lloraba rabiosa de tanta frustración oculta. Ella también era sensible como yo: se le agolpaba el corazón y comprimía violentamente en espasmos todo el día; le dolía ella misma, le dolía la vida. Era el fantasma de noches de abruptos insomnios, de las noches apenas empezadas a dormir. Era el recibir un amanecer precozmente presentido.
Me encerraba en mi cuarto después de ir a la escuela; después de entregarme a la farsa, después de estar en cualquier lugar para buscar salir de aquel lugar. Los lugares tienen nombres; la imaginación tiene colores. Llegaba después del cansancio de todo un día y ahí estaba: se me presentaba siempre y hablábamos.
Cuando yo lloraba y ella lo hacía de igual manera dejaba de avergonzarme. La vergüenza se encuentra en la diferencia.
Mi amiga imaginaria me había cambiado, dado un escape, me había dejado utilizar mi lenguaje. Y nada fuera de eso me importaba. Hasta que empezó a perseguirme todo el día, hasta que empezó a vivir cuando estaban conmigo otras personas también, cuando no estaba sola; todo el tiempo.
Me hablaba cuando me hablaban otros y tenía que contestarle, a veces en voz alta, por que mis soliloquios interiores no alcanzaban a contrarrestar la sordera que le producía la atención que le dedicaba a otras actividades, no a ella.
Pero a Violetta parecía no importarle precisamente eso, cuando le hablaba en voz alta en presencia de otras personas, estas se extrañaban, se preocupan, me temían.
Estaba preocupada, podrían saber que la veía o verla, y eso sería- pensaba yo- lo peor; no le agradaría a nadie, nunca le perdonarían pensar lo que pensaba, no le perdonarían el que no sonriera, el que fuera lista, el que fuera oscura y – entre todas las cosas- jamás le perdonarían que fuera tan sincera.
Iba conmigo a la escuela, paseaba por las bancas y los salones. La veía y me asustaba: era como un fantasma. Peor aún, sabía que era mi fantasma. Me llenaba de culpa.
Pero todo tiene un fin y habría de haber un día en que la dejaría de ver.
La última vez que la vi fue en la escuela. Me acompañaba ahí como lo venía haciendo desde hacía ya dos o tres meses. Se sentó en la banca vacía atrás de mí. Me decía cosas horribles acerca de todos, como solía hacer siempre. Me decía cosas a mí también. En los últimos meses de su existencia era conmigo con quien más se ensañaba. Me decía cosas que yo le había confiado en secreto, cosas que me vejaban con sólo pensarlas. Me hablaba incluso de sexo. Paseaba junto a las paletas de unas bancas rayadas de madera comprimida, rozaba sutilmente los respaldos naranjas y los movía oscilándolos. Llegó a acariciar mis cabellos de una forma que más parecía que los jalaba. Se mezclaba con lo niños de mi salón, paseaba desafiante entre las otras niñas, ella sola; como presumiéndoles su autonomía, enseñándoles lo pueriles que eran y lo banales que serían aún después: como si presintiera el futuro.
Estábamos en clases, la maestra estaba enfrente de la clase, cerca del pisaron. Y Violetta se paseaba por entre las bancas, entre fila y fila. Cantaba versos, salían de su carnosa boca con un tono agudo que más parecía el de una mujer mayor.
Cantaba versos acerca de lo que antes me platicaba en soledad, me asustaba porque retaba a todos, y lo hacía sabiendas de que no debía decirlo. El sol de un verano precoz se colaba por los vidrios de las ventanas del salón, todo objeto dentro del cuarto estaba lleno una pequeña cubierta dorada de luz.
Empecé a cantar yo también lo que Violetta cantaba, canté también, ahí enfrente de todos.
Entoné los versos que ella creaba, aquellos llenos de ignominia, de pecado, de un filoso cinismo descarado, de una rebeldía involuntaria. Me puse a cantar acerca de lo ella me venía hablando desde hace ya tanto tiempo, lo canté en voz alta frente a las miradas incrédulas de todos, mi voz llenada el cuarto más de sorpresa que de sonido. Todos callaron y me escucharon cantar. No creían que alguien hiciera eso en plena clase y que cantara sobre esas cosas. La sangre se me agolpaba en las mejillas, sentía estupor, la vergüenza se apoderaba de mí. Notaba la desaprobación de todos en sus rostros.
Al final me regañaron.
Me llevaron a un cuarto, en la oscuridad de una oficina que daba la apariencia de encontrarse herméticamente cerrada. En donde los muebles ocupaban la mayor parte del espacio, un librero grande, un escritorio grande, una lámpara, dos sillas igual de grandes, una repisa, un sillón del otro lado del escritorio.
Me dejaron ahí con la angustia de un castigo anticipado, sabía que preparaban un castigo para mi, sabía que estaban hablando de mi y que ideaban como castigarme por haber hablado. Me dejaron sola y ese era el principio de mi tormento, me dejaron sola por mucho tiempo; tanto que empecé a desesperarme de mi compañía.
Me empezaron a retumbar en los oídos el eco de las palabras pronunciadas, la imagen de Violetta cantándome esa canción para que yo lo hiciera de igual manera.
Después entraron ellos, el director, mis maestros. De nuevo reunidos ahí con el mismo fin, el de hablar conmigo, mejor dicho el de hablar de mi.
Me preguntaron por qué había hecho eso, porque había cantado acerca de “esas cosas” las palabras aún eran innombrables para aquellas bocas adultas, apesar de los años.
Yo no supe que decir, sus ojos inquisidores me cohibían. Por alguna estúpida razón opté por decir la verdad: les conté acerca de Violetta. Les dije que ella era mi amiga imaginaria, que la había creado y después había perdido control sobre ella. Que se presentaba siempre, en todas partes, en los lugares más inconvenientes; en la escuela. Que me decía muchas cosas, que lo que había hecho ese día era el resultado de su intromisión en mi vida. Les expliqué que yo la veía como se ven las personas reales; como yo, como nosotros.
Lo que canté era lo que ella había cantado. La culpé una y otra vez de lo que había pasado, de lo que había hecho y dicho. Y mientras les decía esto yo pensaba para mis adentros, ¿qué tanto de lo cantado y de lo que me decía Violetta no lo había yo pensado anteriormente?
Ese pensamiento me azoró, era más fácil que fuera ella la única culpable, que fuera el chivo expiratorio de mis remordimientos. Era más fácil que a ella se le ocurrieran esas cosas y no a mí. Que hiciera de mí sólo una víctima.
Hablaron con mis padres. Ellos decidieron que la escuela llevaba demasiado lejos el asunto. Lo minimizaban de tal manera para que les fuese más fácil después ignorarlo.
Cansados de enfrentar algo que más bien querían evitar me cambiaron de escuela a la semana de lo sucedido. Me encontraron una nueva escuela a las orillas de la ciudad, donde nadie sabía de mí o de lo que me había pasado. Donde podía empezar de nuevo y donde, como ellos decían: “Podría hacer amigos”.
Empecé el semestre en esa escuela, donde seguí siendo igual de tímida y callada como lo había sido en mi escuela anterior. Tenía las mismas dificultades para relacionarme con los demás.
Dejé de ver definitivamente a Violetta. Fueron meses los que la estuve buscando en la oscuridad de mi cuarto. Llegué a pensar que su ausencia era el castigo que ella me inflingía por haberla culpado o por haber hablado de ella. La invocaba en soledad y la llamaba por su nombre en las noches. Me encerraba en mi closet, donde simbólicamente simulaba cerrarle las puertas a la realidad, y en la estrechez de dicho espacio, abría las puertas de mi mente.
Ya nunca la encontraría.
Habría algo en mi nueva escuela que diferiría de la anterior. A pesar de que mi carácter seguía siendo el mismo, conocí a una niña que sería mi amiga. Ella parecía no importarle las rarezas que me permitía a mi misma, mi timidez, mi natural inclinación por estar sola. Parecía que esto era para ella más un reto que un obstáculo. Así que yo me permití, temiendo ser vulnerable, ser su amiga. Ella fue mi primera amiga “real” que tuve. Era una niña de ocho años, piel morena, de baja estatura para su edad, muy flaca, con ojos pequeños y brillosos, atentos. Inquieta y muy activa a diferencia de mí.
Fue una cosa en particular la que me hizo convertirme en su amiga, había pasado por un proceso similar al mío, sólo que eufemísticamente, ella lo nombraba como conciencia.
viernes, 16 de enero de 2009
CARTA PENDIENTE
Te escribo esta carta porque sé que nunca va a llegar a tus manos, pero tengo que decirte que hoy ha sido uno de esos días primordiales, de esos días que constituyen la historia básica de nuestra vida; equiparable al casamiento, la graduación, la primera relación sexual y el primer enamoramiento (no necesariamente en ese orden). Hoy fue el día en el que me di cuenta que era un cliché
Las primeras “patas de gallos” aún no han cobijado en sus pliegues hasta dejar morir mi idealismo adolescente, me sigue provocando escozor bajo la blusa azul celeste que llevo a los eventos del trabajo.
Es como las hemorroides que te hacen más difícil sobrellevar “las horas nalga”, aquellas que por alguna razón son casi la mitad de las horas del día; faltando de esta manera a los derechos constitucionales- aquellos que te “enseñaron” a memorizar cuando estabas en la escuela elemental y que con el tiempo has aprendido a olvidar- falta de experiencia y juventud son las palabras que aparecen encima de una plasta blanca de corrector en los apuntes de tu libreta mental.
Cuando me tiemblan los dedos en el teclado de la computadora, sé que es obra suya; casi mecánicamente me veo obligada de borrar con una tecla las cuartillas repletas de las leyenda “Chinga tu madre”.
Necesito unos lentes con la graduación suficiente para tapar la miopía a la cual me somete, me hace ver una finísima replica borrosa al lado de las imágenes que he interpretado como oportunidad de cambio y redención, así que sólo entrecierro los ojos todo el día para ver mejor.
Como puedes ver, soy un cliché; aún no me sacudo ese ánimo universitario de cambiar al mundo bajo la punta rodante de un bolígrafo o el cursor que parpadea ente el inmaculado blanco de la hoja simulada del computador.
Cada día se abre la ventana de la oficina y yo me sumo a la fantasía del “Nunca Jamás” y me siento más adolescente que las pústulas de grasa y los puntos negros en la nariz.
¿Recuerdas nuestras promesas prematuras de salir de esta ciudad? La madre tierra nos abre las piernas hasta dirigirnos a su sexo cálido de conformidad. Y no salimos, estas son nuestras tierras, el símil del Luvina de Rulfo;en la "Bella airosa" (afirmación medianamente verdadera) ese aire no nos llevará a ningún lado, en este pueblo con aspiraciones de ciudad " donde se puede ver la tristeza a la hora que quiera, el aire que allí sopla la revuelve pero no se la lleva nunca"
Tiene unas semanas que no te veo, y sé con seguridad que mediaran otras más antes de verte, pero como insiste mi jefe: “la vida privada en este trabajo, no existe”.
domingo, 19 de octubre de 2008
Caducidad
saben al agua estancada de la fuente
donde por años he tirado monedas deseando por ti.
Tus besos eufemísticos
saben a las palabras que he utilizado
para describir lo que siento como sólo cariño.
Tus besos novelísticos
son la trama de tres personajes principales.
Tus besos nostálgicos
Son el recuerdo de cómo construimos nuestras identidades
Tus besos amistosos
saben a complicidad
Tus besos regalados
Los recibo en su envoltura de alcohol
Tus besos prescritos
los consumo , uno atrás de otro,
a sabiendas de que ha expirado
la fecha de caducidad de todas mis ilusiones vetustas.
Tus besos resguardados
los poseo para disfrutarlos a solas,
labios de refrigerio para la medianoche
de mi adolescencia trabajosamente prolongada.
Tus besos violentos
golpearon mi consciencia
Tus besos inoportunos
no tienen futuro
Tus besos gramáticos
únicamente pueden ser paréntesis en nuestras vidas.
Tus besos milagrosos
revivieron todos mis fantasmas
Tus besos severos
me hacen convencerme a mi misma,
que para hacerlos mios, hoy será el único día.
CRÓNICAS URBANAS
Con la finalidad de celebrar el “día contra la homofobia”, este 17 de mayo, la comunidad de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales (LGTB) en nuestro país se dieron a tarea de promover eventos, conferencias y exposiciones artísticas en varios puntos y ciudades importantes de la república.
Todo esto, perseguía un propósito claro: acabar con la intolerancia y la discriminación en lugares públicos, centros de trabajo y escuelas; así como proporcionar una imagen distinta al estereotipo del homosexual.
En la capital del Estado de H..., el día fue ignorado por las autoridades gubernamentales, y este pasó inadvertido para toda la población ajena al gremio.
En esa misma cabecera de estado en donde, hace casi un año, se llevó a cabo una fallida marcha gay en la que participaron únicamente una veintena de travestís que aventaban condones a la multitud ente improperios y morbo.
Sin embargo, la comunidad LGTB en la ciudad de P... encontró un modo particular de festejo en sus términos y lugares: los bares y discotecas gays de la ciudad.
Son cerca de cinco, repartidos a lo largo de la capital y en las carreteras que conducen a los municipios más cercanos, funcionan como lugares de esparcimiento y puntos de encuentro, si bien son más frecuentados los lugares informales en los que se encuentran, por ejemplo, los baños de la central de autobuses y los “jales”.
Desde hace 2 semanas, los antros más populares como el S... (cuya actividad se ha visto dificultada por la reciente e inesperada muerte de su dueño) y el C..., tuvieron que compartir la clientela con el nuevo establecimiento, el B...
Localizado en la carretera P...- S..., en la zona de tolerancia donde abundan los moteles, tablees dance y prostíbulos; este nuevo bar se establece en el lugar que previamente funcionó como un table dance exclusivo.
El lugar se anuncia con un letrero en forma circular con el fondo del arcoíris- uno de los más importantes símbolos de la comunidad gay establecido en 1978- y que condiciona la tendencia del lugar.
Todo está preparado en B... para el día contra la homofobia, son las 10 y media de la noche y el bar espera que esta noche de sábado la gente venga a festejar con ellos.
Me dirijo a él junto con una amiga, manejando en una carretera oscura dónde abundan las fechas de luces que conducen a moteles; doy la vuelta en un retorno improvisado por el paso de los coches y me encuentro ahí frente a la entrada y el ballet parking.
La entrada tiene un descuento, ese día únicamente 70 pesos de los 100 pesos habituales por cover, incluida una cerveza y show de stripper, como menciona el cadenero en la puerta.
Le pido dos boletos y me sugiere guardar bien los tickets, puesto que con el número en ellos harían posteriormente la rifa de un baile privado.
La entrada se hace larga, una tarifa de 10 pesos por guardarropa y una joven encargada de catear exhaustivamente a todo aquel que entre.
Ella me pasa sus manos seguidas de un detector de metales manual alrededor del cuerpo.
“¿Qué traes en la bolsa?” Me pregunta señalando un pequeño bolsillo de la chamarra.
Yo guardo silencio por un momento, se me hace absurdo decir un papel, a pesar de ser eso lo único que este contenía. Mi amiga responde, “una bazuca…” y rápidamente la vigilante capta lo absurdo de la pregunta y nos deja pasar de inmediato.
El lugar no es muy grande, cinco sillones circulares con mesa y cerca de 15 mesas de cuatro sillas repartidas alrededor de la pista de baile rectangular limitada por unos barandales de metal, lo que la hace más adecuada para el baile exótico.
La barra se encuentra al lado del escenario, debajo de una cabina que a primera vista no se distingue. Las paredes están pintadas de tenue color rojo dónde cuelgan fotografías a blanco y negro de hombres desnudos en posiciones sensuales, lo mismo que en los baños, donde mujeres desnudas adornan las paredes de los baños de damas y viceversa.
Tomo una mesa cerca del escenario y enfrente de la barra, para observar mejor el espectáculo.
El lugar se llenó a partir de las 11 de la noche, junto a las mesas los grupos de amigos se paran a bailar la selección musical del DJ con géneros del gusto de la comunidad: electrónica, baladas pop y un poco de reggaetón.
La gente toma la pista, en su mayoría hombres entre 20 y 25 años vestidos de pantalones negros y camisas blancas que mueven sus zapatos de punta puntiaguda al ritmo de Thalia. Son menos las mujeres y con un rango de edad diferente, la mayoría son de 30 años en adelante, las hay hasta de 50 años.
Cerca de la 1 y media de la madrugada el espectáculo empieza, sale a la pista un travestí obeso con un vestido blanco personalizando a Paquita la del Barrio.
“Rata de dos patas”, “Taco placero” y “Pobre pistolita” son las canciones que interpreta mientras la gente se acerca a la pista apartando el mejor lugar para el espectáculo principal.
Saluda al público y recuerda que se festeja el día contra la homofobia, calificándolo como un logro de la comunidad.
Pide aplausos para su despida, se escucha un rumor muy bajo de algunas palmas que se juntan con desánimo.
“ Hoy están más aguados que mis nalgas”- reprocha amargamente mientras pregunta por las personas que cumplen años ese día, tres manos de la concurrencia se levantan y los invita para que se acercan al escenario mientras llama al stripper gritando su nombre ¡¡JOVANNY!!
Un joven de unos 25 años vestido de policía- con macana y esposas incluidas- sale de una cortina de plástico hacía el escenario bailando animosamente.
Lleva unos pantalones estrechos donde dejan ver una prominente erección, y poco a poco se va despojando de su ropa, marcado por el ritmo de la música electrónica.
Se queda completamente desnudo, mientras se acerca al barandal que rodea al escenario entre las miradas excitadas de los hombres que simulan agarrarle las nalgas.
Se acerca repetidamente a nuestra mesa entre nuestros gritos de emoción, baila cerca del barandal levantando sus piernas con ritmo.
Uno de los espectadores estira la mano para agarrarle el miembro, pero Jovanny, no lo permite y lo coge de la mano a manera de saludo.
Baila un tiempo con algunos jóvenes localizados en la primera fila y se despide para internarse de nuevo en la oscuridad detrás de las cortinas de plástico que separan al escenario de los vestidores.
El travesti retoma el escenario para efectuar la rifa, ahora está vestido como vaquerita, con sombrero, un overol floreado y botas.
Saca tres números de un sombrero y los grita, miro mis boletos con impaciencia, el último en ser mencionado es el ganador: una chica joven al fondo del lugar.
Esta se dirige al escenario y es interrogada por el interpretador.
¿Eres muy aventada?- Le pregunta mientras se sostiene su sombrero vaquero, “claro que si” contesta rápido su interlocutora.
La pasa tras bambalinas y continúa un set de dos canciones de Ana Bárbara.
Al terminar anuncia que la chica ganadora ha cedido su lugar, así que vuelve a realizar la rifa, en esta ocasión es un chico quien gana.
Las lucen apuntan del lado izquierdo, arriba del escenario en una cabina que pronto se nos informa es una ducha en donde aparece Jovanny desnudo dándose un baño.
El tímido chico ganador entra a la regadera con sus calzones puestos, que el stripper le quita con impaciencia. Pronto los dos quedan desnudos frente a un público de cerca de 100 personas que los mira sorprendidos.
Simulan varias posiciones sexuales y se tocan los cuerpos bajo el chorro de agua caliente que empaña la cabina de vidrio.
El joven está un poco pasado de peso, por lo que la gente se burla continuamente de la grotesca imagen de sus nalgas aplastadas contra el vidrio.
Los dos salen de la regadera y el espectáculo termina, el Disc Jockey del lugar vuelve a colocar música y un juego de luces invita a bailar en la pista.
La gente empieza a ordenar tragos, comida y botanas mientras los chicos empiezan a besarse en la pista de baile y yo me retiro.
Mientras voy camino al estacionamiento, encuentro a dos jóvenes besándose con pasión a la salida del antro.
Mi amiga y yo subimos al coche y manejé de regreso en esa carretera desolada hacia la ciudad, lejos de la clandestinidad y la libertad sabatina, hacia esa otra realidad en donde la homosexualidad es una imagen fantasmagórica, que se percibe pero asusta y se prefiere ignorar.
El diario de lo que no hicimos
junto a la persona que jamás me amó.
Los minutos de dicotómicas madrugadas,
mitad sueño, mitad recuerdo;
no entrelazados - a manera de puente-
extendido sobre la abismal profundidad de nuestras soledades.
Ansío la nostalgia con la asistimos
al entierro de nuestros besos no natos
Vestidos de negro,
pintados de negro,
siendo la noche.
Donde mis sonrisas fueron fantasmas,
asesinadas por la alegría inasequible a los dos,
ahora espectros atados a la escena del crimen:
eterna mueca de insatisfacción.
Encima del deseo los seis metros de tierra
y la palabra excusa cincelada en piedra.
Siendo incapaz de consolar a mis fantasías,
apiladas, inamovibles,anquilosas;
llorando abrazadas al ataúd en forma de cama.
Extraño cuando me cosía y descosía la cara,
puntos de cruz para los reflejos del alma.
En el cenit de las agujas: mi únicos ojos.
Totalmente ciega, pisando sobre sueños dentados,
archivé tus símbolos y tus sobre estimadas palabras,
con las que te vestiste la piel, entintada de intraducibles marañas.
Pero jamás nos asomamos sobre las almenas de nuestras murallas
(tras muros de prudencia)
sólo permanecimos dándonos la espalda.
El vino del olvido
Mis palabras sólo dan vueltas como polillas impacientes alrededor de la incandescencia clarísima y vacua de los lugares comunes. Voy a ellos por los senderos adoquinados de autocontrol y mesura.
Mis ideas se van aclarando: nada de oscuros deseos contenidos, nada de fantasías ni roces furtivos.
Me felicitas mi frialdad pretendida, el píe de mi razonamiento fuertemente colocado en la garganta de la bestia: encarcelada, domesticada y vejada.
La culpa- según explicas- es una sana respuesta; me paraliza de ejercer todo lo que me es inconveniente. Llena los vacios de tu ausencia.
Me voy comiendo compulsiva y ansiosa las migajas esparcidas de los minutos íntimos que realmente nunca digerimos .Mientras viertes parsimoniosamente el vino con el que brindamos por nuestra fingida mala memoria.
Y me embriago profundamente lidiando con mi inusual retentiva, la inconveniente memoria selectiva de mis labios.
Reanudo la promesa que rompí al besarte, me ato las comisuras con los hilos sueltos de mi conciencia.
La generación "Y" (Why?)
Tenía 9 años cuando kurt Cobain,-líder y vocalista del grupo de rock Nirvana- se suicidio, el 8 de abril de 1994. El más grande símbolo de la maquinaria iconoclasta de la década de los noventas había muerto, en lo que muchos ven como la muerte de toda una generación: la X.
Era aún un infante inmune a la percepción del fenómeno social que acaecía. En mi armario no había jeans roídos, ni botas negras ni chaquetas de franela estilo leñador, para mí no existía la música grunge y mucho menos se veía afectado mi ánimo en la callada desesperación existencial posmoderna que pareció invadir el espíritu de la juventud que alcanzada la veintena al principio de la última década del milenio.
A medida que crecía, se permeaban los vestigios de las manifestaciones artísticas de quienes habían formado todo un movimiento, entremezcladas con los productos mercantiles de fin de milenio.
El paso a la pubertad se manifestó, como en muchos de mis contemporáneos, con un simple hecho mercantilista: constituíamos ahora un nuevo segmento de mercado, cambiamos el canal de nuestro televisor, de las caricaturas a MTV, cuatro horas diarias de todo un espectáculo audiovisual.
De las manifestaciones nihilistas, el pesimismo y el burdo existencialismo light quedó la música y la moda: el rock alternativo. En una de las maniobras previsibles, puesto que la bifurcación que ahora constituíamos- la llamada generación Y- cayó en el mismo error que la precursora tanto evitó y terminó por aceptar: el consumismo.
Lo que se llamó rebeldía pudo haber sido llamado- con un poco más de honestidad- conformismo; la generación de universitarios, de jóvenes preparados y con altas expectativas que el mercado laboral no les permitió alcanzar.
El anti comercialismo que fue pancarta fue un consumismo disminuido y selectivo: la adquisición de productos sólo tenía una connotación negativa cuando se salía de la lista de productos acordados por la colectividad a que pertenecían.
Nacidos entre 1984 y 1994, los “y” somos la generación intermedia a la que se le suma las nuevas corrientes marcadas por la tecnología,
Por eso nos integramos tan fácilmente a la misma problemática, a la que se le añadió el uso de las tecnologías de la información, mismas de las que también somos usuarios, pero aún recordamos los tiempos en las que estás no existían.
Formándose una selección en la que se dividió el mundo, en los que sabían usarlas y en los que no. Constituyendo un grupo nostálgico y renuente a los cambios dentro de los miembros de la antigua generación.
De esa forma, se unieron los más jóvenes, aquellos que en la actualidad son adolescentes, en el grupo heterogéneo de los “Y” donde caben los hijos del milenio y la generación google, compartimos problemáticas: no tenemos conciencia.
Los equis ya son adultos, ahora ejercen los trabajos que antes despreciaban, han formado familias y se adaptan a un mercado laboral que los considera hábiles por su facilidad al trabajo en equipo y el rompimiento que hacen de los viejos paradigmas jerárquicos dentro de las empresas.
No pudieron conservan ni su actitud ni su ideología a los puestos de trabajo, sin embargo no se dejaron abatir en sus vidas personales y sustituyeron esa imposibilidad de cambiar el mundo salvando la relación que mantenían con los demás fuera de los ámbitos laborales.
Para los Y, nuestra eficiencia como trabajadores dentro de la sociedad capitalista aún no sido puesta a prueba, pero los pronósticos parecen desalentadores: nuestra incapacidad para establecer relaciones interpersonales es considerada una de nuestras mayores dificultades.
La individualidad nos deja inhabilitados para modificar nuestro entorno más íntimo y próximo.
Nos adaptamos a medio comunicarnos presidiendo del lenguaje no verbal, de las relaciones interpersonales reales y directas, sustituyendo nuestras emociones por burdos emoticones, que construyen un mundo que se alimenta del imaginario colectivo: el ciberespacio.
El registro que hacemos de nuestra vida es mayor que nunca antes: miles de fotos digitales, videos, y escritos diarios en el blog, e irónicamente participamos cada vez en menor medida de nuestra vida, aquella que se desarrolla fuera de la pantalla del computador, el homo videns de Giovanni Sartrori, limitado a la imagen y a la multimedia.
Una generación que se excluye entre ella, en una auto discriminación favorecida por la adquisición de bienes simbólicos que incluyen a los adolescentes en grupos faltos de ideología y por lo tanto de conciencia y cohesión social.
La información está ahí, cómo nunca antes, y los medios para obtenerla se limitan a una búsqueda de segundos en internet. El registro de la historia, la cultura y las manifestaciones artísticas se encuentras revueltas, sintetizadas y descontextualizadas, la urgencia por lo que viene reduce la vida de todo lo que surge, en dos semanas, en un mes, todo lo nuevo dejara de ser útil.
El juego de palabras en inglés que se hizo de la consonante “Y”, que es fonéticamente parecido a la palabra Why (por qué) , nunca definió del todo a una generación que si bien inquiere continuamente, nunca lo hace por otra razón que no responda a fines pragmáticos y utilitaristas.
Perdemos la capacidad de sorprendernos de lo que puede o no lograr la humanidad, a diario utilizamos aparatos de alta tecnología de los que no sabemos su funcionamiento ni los elementos que permitieron que se alcanzara tal sofisticación.
La decepción, la rebeldía y la insatisfacción se manifiestan como algo mecánico, una etapa y la reafirmación de una personalidad que compra esos valores al comprar los productos de marcas que mercadean con esa imagen.
Aunque este fenómeno no es propio ni único de esta generación, la ambición publicitaria del nuevo milenio ha fabricado productos que se adaptan a todo tipo o varios nichos de mercado; lo que permite el uso y consumo de diversos y excesivos productos.
La generación previa nos hereda el desencanto por la vida y los roles asignados para nosotros dentro de la sociedad, sin embargo, ellos parecieron sino solucionarlo si sobrellevarlo con desfachatez, sarcasmo y apatía; mientras nosotros alimentamos día a día con animosidad la misma maquinaria que nos oprime.
