PREPARADA.
Falta una semana para que empiece el nuevo semestre de la universidad y Violetta se encontraba tumbada en su cuarto, imposibilitada, por cuenta propia, de levantarse y hacer cualquier actividad. Le tomó todo el día el bajar de su cuarto, localizado en el primer piso de casa, para consultar en el ordenador su horario de clases. El día de hoy, se cumplía su plazo de luto auto impuesto; pero descubría, ahora, que el luto lleva el conteo del tiempo de manera distinta: con agujas de reflexión y segunderos de auto crítica, por lo que el tiempo parecía no avanzar.
Sus padres, la incitaban a salir, a distraerse, incluso, por respeto a este periodo de ostrocismo y reclusión derivado de su culpa, le llevaban películas y libros para mantenerla distraída… de ella misma.
Era precisamente esa actitud la que le llamaba más la atención; volvía a ser una niña, volvía a los brazos de su madre que se sentaba a la orilla de la cama y cosía de nuevo un cordón umbilical con sobreprotección y olvido; sobre todo éste último. Al fin y al cabo, eran ellos, sus padres, quienes le habían arrebatado su recién adquirida capacidad de decisión cuando la obligaron, por segunda vez, a abortar.
Las vacaciones de verano habían encapsulado el tiempo, ella se encontraba alejada de todo lo que había sido su vida hasta ese momento. Había dos cosas que le preocupaba enfrentar al término de este periodo de asueto; la primera, la obligación impuesta por sus padres de no cometer otra vez el error que le trajo a esta situación; la segunda, el ver en su salón de clases, a unas cuantas butacas, al culpable.
A pesar de su silencio, presentía que su ex novio había deseado su embarazo; desde el momento mismo en el que eyaculó adentro de ella como jamás lo había hecho, la última vez que estuvieron juntos, en lo que en conversaciones ulteriores ambos llamaron como el sexo de despedida.
Sospechaba, que aquel no nato resultado en mucho estaba relacionado con el término de se relación dos semanas antes; y la muestra cruel, desesperada; de quien fuese su novio por dos años por retenerle, al engendrar, un nudo vivo que los atara para siempre.
Ahora es cuando le venían a su mente relámpagos de recuerdos e imágenes de su ex amante mirándole el vientre, totalmente extrañando, mientras caminaba por los pasillos de su facultad.
Después de todo, fue rara la manera en la que se manifestó su embarazo; al día de su culminación tenía ya 20 semanas y apenas se le abultaba unos cuantos centímetros debajo de su playera, justo al filo de los pantalones de mezclilla.
Por tal razón, ésto había sido una gran sorpresa hasta para ella que pensó que los síntomas de su cuerpo correspondían a un ciclo menstrual irregular y una infección anterior.
Cinco meses habrían sido demasiado para cualquier otro médico dedicado a estos menesteres, pero su madre, médico también; logró convencer a un ginecólogo, amigo suyo, para que efectuara el procedimiento.
Su padre era el más convencido: “no mantendría el hijo de ningún vago”, mucho menos antes de que su hija culminara la licenciatura.
Para Violetta, ésta vez había sido, paradójicamente, mucho más difícil que la anterior. El día de la cita, en el sanatorio, tardó más de una hora en llegar del lugar donde había estacionado el coche a la puerta, situada a unos cuantos metros. No estaba convencida, pero la tenacidad de su padre la termino por convencer.
La primera vez no fue así. En ese entonces, cargó en su mente una bandera ondeante de justicia que lideraba un ejército de razones comandado por el oficial mayor: el rechazo del padre.
El aborto razonaba entonces, se efectuó, como una medida necesaria para salvaguardar a un ser, de un dador de vida que siempre negó su paternidad.
Como en el momento en que él recibió la noticia: retirando rápidamente la mano del vientre de ella, al ser anunciado como padre. Mientras que sostenía en la otra mano un cigarro perfectamente forjado de marihuana.
La primera vez la definía tan diferente; estuvo tan inconsciente todo el tiempo, siendo llevada por el flujo escalonado de hechos que acaecieron justo después de no volverle a dirigir la palabra al él. Justo después de recurrir a sus padres y volcar todo ese amor pasional en indiferencia.
Ahora él está muerto, tiene casi dos años. Seis meses antes de ello, le dejó de dirigir la palabra, precisamente por la indiferencia con la que trató el asunto: a la semana del aborto se lo encontró en una fiesta; su conciencia, según él le dijo; se encontraba tranquila, él sostenía no ser el padre.
Hoy piensa que no hubiese sido tan mala idea dar a luz, ahora que es tan difícil hallar algo de él; quedan fotos, cartas, sus valiosos libros y películas; pero de él, ya no queda nada; quemó su existencia con un pinchazo colérico de su única, y trágica, experiencia con la heroína. Y ella, mató su descendencia en un arranque de rabia, impotencia y desesperación.
Él, se murió esperando que se le abrieran “las puertas de la percepción”, se murió con Huxley susurrándole al oído, con Ginsberg tratando de agarrarle la verga; con Camus y Sartre consolándole, no su existencia, sino su próxima inexistencia y con Nitzche reprochándole su debilidad. Ya no fue el héroe que hubiese querido, ya no cambio el mundo, no lidero revoluciones ni sociales, ni culturales; ni personales a decir verdad. El estudiante de psicología mató su “psique” y no quedó nada de ese conocimiento, ni de esa inteligencia.
Ellos fueron buenos amigos, fueron ante ellos mismos confesionarios vivos de sus pecados. Ya se había escuchado a sí misma decir ¿Cómo saber los caminos que después tomaría? ¿Cómo anticipar su muerte? ¿Cómo saber que él haría algo tan estúpido como “experimentar” con heroína?
Ellos jamás se reconocieron como amantes, eran “amigos”, amigos que mientras se cogen hablan acerca de aquellos que los cogieron y planeaban coger. Eran amigos con todos los derechos sexuales sobre el otro, menos aquellos que correspondían a los celos y a la exclusividad.
Su muerte la supo más de una semana después de ocurrida. Todavía llegó a ir el último día de su novenario que le organizó su familia. Lo cual era raro: él se autodefinía ateo, por veces agnóstico.
Ella ya no decía su nombre, su muerte hacía demasiado doloroso nombrarlo. Y ya no hablaba más de él, pero sí que pensaba mucho, mucho más desde hace unas semanas, cuando supo que estaba embarazada de nuevo.
Iván, su ex novio, era diferente, un junkie simple o simplemente un junkie, un junkie alegre e inconsciente; pero para fines prácticos, era lo mismo.
Uno de esos que se mete “tachas” en los raves de los fines de semana en el bosque; para bailar dos días como epiléptico, coger y después regresar a su ciudad suburbana vanagloriándose de sus experiencias “místicas” con la naturaleza.
Otras de las razones por las que no era conveniente traer al mundo a ese niño (según enumeró en una hoja de la parte de atrás de su libreta) eran las siguientes: la administración que había hecho estos últimos cuatro meses de 4 cristales, 2 “cuadros” y 50 gramos diarios, calculo aproximado, de THC. El último podría ser menos o más, pero ella disfrutaba la especificidad y el conocimiento que la anotación denostaba.
Tal circunstancia pensó, podría derivar en la llegada al mundo de un niño de seis brazos y dos penes, tal como decía su madre les pasaba a los hijos de aquellas personas “teporochas”. Aunque cabía la posibilidad- esto lo decía para consolarse- de que su vástago creciera con un Ajna, un tercer ojo que le permitiera abrir de un golpe las puestas de la percepción, ventaja espiritual sobre el resto de la insípida humanidad…
Violetta recorrió por séptima vez su dormitorio, hoy había un concierto local de ska en la ciudad, le apetecía ir, no tiene ninguna restricción para hacerlo, pero la sola razón de estirar la mano hacia sus padres para pedirles dinero (por ínfima que fuese la cantidad), le llenaba de culpa: sólo podía estimar lo que la “operación” había costadado y aquella estimación siempre tenía cinco dígitos.
Así que estaría de esa manera otros días en espera de hundir la cabeza y la culpa en el reloj de arena de la cotidianidad. Y al pensar esto, su cabeza se llenó por primera vez en semanas, de preocupaciones estudiantiles. El mundo no se detenía; tomó sus celular para revisar los mensajes de texto, por la decisión estúpida de confiarle a sus amigos “su situación” ahora llenaban su buzón con mensajes juiciosos y “moralinos”, envueltos en lo que juzgó como falsa empatía y comprensión. Aventó el celular con fuerza contra una de las paredes de su habitación, y sonrió, al descubrir que escondido dentro de la tapa donde se encuentra la batería había un “Hoffman”. Sonrió, lo había buscado desde hacía un mes, y ahora tragarlo le llenaría de culpa. Será después; pensó.
A Iván, lo quería porque la quería, porque no le gustaba estar sola; aunque tuviese lo que calificaba como pequeños “defectos”: siempre robaba.
Aunque la ventaja, decía ella, era que nunca se lo ocultaba, nunca le mentí. Llegaba a la casa de ella orgulloso con sus “medallas”; tendía en su cama dos o tres playeras para ella, todas de su gusto, de su talla; las cuales continuaban colgadas en su armario, el estrenarlas ( eran cerca de una veintena), despertaría la sospecha de sus padres, quienes con mayor regularidad preguntaban acerca de los objetos nuevos en sus cuarto y la ropa nueva que ella no podía costearse.
Su ex novio contaba ya con restricciones para entrar en ciertos lugares: la vinatería del centro, donde trató de esconder en su pantalón una botella de tequila; un gran centro comercial y la biblioteca de la universidad, de dónde extrajo tres caras ediciones extranjeras, éste último hurto inició toda una investigación en el campus.
Pero hay algo que le muerde la mente a Violetta. A pesar de que a Iván lo quería menos que aquél que ya no pronuncia, ésta vez si hubiese querido ese bebé.
Tal vez era el hecho de lo avanzado de su embarazo, o la edad que ya tenía- dentro de seis meses cumpliría 23 años-o que ésta vez si se sentía preparada; aunque poco sabía que significaba esta aseveración.
Se acostó en su cama y se acomodó para dormir un poco más, mañana tendría que ir al campus a verificar su horario de clases.
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