Dices que lo estoy haciendo bien. No te he llenado de halagos tus días ni te miro lánguida a los ojos: te miro de reojo, te miro la nuca. Te miro con los ojos vueltos para adentro, en el recuerdo donde me miras y siempre tengo la vista más corta que los momentos de placer.
Mis palabras sólo dan vueltas como polillas impacientes alrededor de la incandescencia clarísima y vacua de los lugares comunes. Voy a ellos por los senderos adoquinados de autocontrol y mesura.
Mis ideas se van aclarando: nada de oscuros deseos contenidos, nada de fantasías ni roces furtivos.
Me felicitas mi frialdad pretendida, el píe de mi razonamiento fuertemente colocado en la garganta de la bestia: encarcelada, domesticada y vejada.
La culpa- según explicas- es una sana respuesta; me paraliza de ejercer todo lo que me es inconveniente. Llena los vacios de tu ausencia.
Me voy comiendo compulsiva y ansiosa las migajas esparcidas de los minutos íntimos que realmente nunca digerimos .Mientras viertes parsimoniosamente el vino con el que brindamos por nuestra fingida mala memoria.
Y me embriago profundamente lidiando con mi inusual retentiva, la inconveniente memoria selectiva de mis labios.
Reanudo la promesa que rompí al besarte, me ato las comisuras con los hilos sueltos de mi conciencia.
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