El aguijón
Su nuera le ha tirado el arroz a la basura: estaba salado. La vieja no sabe cocinar para cuatro, le han dicho. Hasta ese momento entendió con certeza, que la casa se ha vaciado, que ya no hay más bocas que exijan una olla llena, que el batallón de hijos ha partido a la guerra que es la independencia, utilizando todas sus armas no para tomar vidas, sino para darlas. Sólo el menor de ellos le quedaba, hasta hace unos momentos. Masculla, ella ya es inútil.
La nuera se apodera de la cocina, el único rincón de la casa que le era inasequible, el reinado de la vieja se ha reducido, la juventud le ha ido quitando todo, cuarto por cuarto, hasta pronto quedar fuera: lo intuye.
El asunto del arroz fue sólo el principio de la hecatombe, hoy su hijo se sintió valiente, le contrarió dándole la razón a su mujer: queda inmune para siempre de la culpa de hacerla sentir mal.
Al igual que sus nietos, lo cuales, día con día se alejan de la vieja que no entiende de que hablan, aquella que no sabe poner películas en el reproductor ni leer libros digitales.
“Tal vez sería mejor que descansara, que viera la televisión mientras ellos se encargaban de la comida”, su hijo la había tomado del brazo mientras rezaba excusas que la molestia hacía inaudibles para la vieja. La colocó en su cama de cara a la ventana para que viera pasar la vida.
Pero ella no dará victoria sin pelea- piensa- lleva escondidos entre su piel hecha pliegues el arma indefectible de las mujeres enmohecidas: la queja. Y ésta, al contrario de la espada, no se envaina; se lleva todo el día apuntando siempre al frente, atada al frenillo de la lengua.
Hoy, la vieja también se siente valiente.
No se queda en su cuarto y baja de nuevo en la cocina, ahora en calidad de observadora.
Deja que la nuera extienda sus alas cual pavor real en su territorio. Observa como selecciona las cucharadas que meterá a diestra y siniestra en las ollas; no entiende que hay una destinada para cosa, que ni la madera ni el barro se llevan bien con el metal.
Observa como saca sus tazas de plástico mesuradas en onzas, orgullosa de saber de porciones y medidas.
Saca su recetario que ha reservado por años, el de los separadores temáticos: postres, vegetariana, italiana, dietética, tradicional, rápida; así se lee en papelillos de intensos colores que sobre salen del perímetro de la carpeta.
Parece una niña- piensa la vieja- una niña probándose los tacones grandes de su madre; tratando de caminar derecha, tratando de no tropezar.
De todas las recetas escoge una de la peor categoría; rápida- exclama para sus adentros.
La vieja trata de corregir todo lo que su nuera hace; mientras ella corta la cebolla dice como suspirando “es a la juliana no en cuadritos”; mientras añade los ingredientes, “el jitomate se sofríe siempre aparte” y el reclamo más fuerte en tono imperioso “jamás salsa de lata”.
Además, a intervalos profiere sus reclamos anecdóticos. “Cuando tenía apenas cinco años yo ya hacía tortillas y sopa para toda mi familia, desde chica tenía ya buen sazón supongo que es algo con lo que ya se nace, aunque cualquier chicuela con un poco de gusto puede hacerlo” - decía-.
Con un tono aún más lastimero añadía; “la cocina ahora no era como la de antes, uno no sabe como preparan esos frijoles que siempre terminan teniendo un dejo de cartón o esas salsas de lata (precisamente mientras una de las aludidas era vertida encima del platillo) yo les digo como: con restos que vierten en el suelo de Dios sabe qué fabrica y los pintan con colorantes para que no nos demos cuenta de cómo lucen en realidad”- sentenciaba.
La nuera profirió un pequeño lamento, se le había olvidado comprar el ajo.
Buscó en el cajón de las verduras del refrigerador y sólo encontró una pequeña bolsita con cáscaras adentro; una de las costumbres de la vieja que más le irritaba.
Decidió ir a la tienda de abarrotes a dos calles de la casa, no sin antes recibir otra sentencia de la vieja quien decía:” las cocineras inexpertas siempre olvidan los ingredientes”, a lo cual contestó con silencio hasta que el barrido de la puerta culminó en un golpe seco y se encontró de cara a la calle.
El hervor de los alimentos le servía de segundero a la vieja, tenía que replantear su estratagema, las quejas no daban resultados; la mujer de su hijo resultaba ser, lo que ella llamaba, una criatura extraña mesurada en sus respuestas; provocarle hasta la exasperación tomaría más tiempo, quizá un tiempo mayor que aquél que le quedaba de vida- reflexionaba mientras sostenía de nuevo sus cucharones sin darse cuenta.
Probó lo que cocinaba su nuera. Introdujo un cucharón, luego de moverlo para no quemarse, dejo caer una gota en la palma de su mano y sorbió ruidosamente a causa de su de molesta dentadura. El sabor no era malo, lo peor (tuvo que admitirse al menos a sí misma) era que tenía un sazón parecido al suyo. Debió de haberlo captado de tanto verla cocinar, de espiar por encima de su hombro para ver las cosas que hacía, para juzgarla – como ella - pero sin palabras.
La ladrona, así lo creía ahora, había por fin robado todo lo que le pertenecía: soltó el cucharón de la impresión que a parar al suelo. Limpió con una servilleta nerviosamente la evidencia. Algo tenía que hacer- se repetía en su mente.
Verter sal deliberadamente en el guisado espurio, apuntaría la culpa de la familia hacia ella, era demasiado obvio, además, ya había vertido demasiada sal por ese día- pensó.
Revisó el refrigerador en busca de algún ingrediente que quitara su esencia del guisado y lo encontró, justo al lado del bicarbonato de sodio; dos tomates peludos, verdes y blancos: enmohecidos.
Los añadió al guisado y entre todos los ingredientes apenas se podía observar la diferencia entre los vegetales frescos.
Justo a tiempo, puesto que la cocinera inexperta cruzaba la puerta con la respiración entrecortada provocando un leve rumor con el roce de las bolsas de plástico que traía en las manos.
La nuera hizo llamado a la mesa, la familia se sentó impaciente y hambrienta. Los niños se mostraban desganados, son casi las 5 de la tarde, nunca habían comido a esas horas.
Al ser servido el platillo principal a la vieja se le contrae involuntariamente la boca, justo a la altura de las comisuras de sus labios; anticipa el sabor amargo. Pero desiste a rechazar la comida, eso sólo la colocaría como la responsable.
La familia hunde sus tenedores y cuchillos en la comida, al primer bocado viene las expresiones de los niños, “sabe raro” es la expresión general. Pero el padre hace una mueca cuando la madre no lo observa, una mueca de sentencia y obliga a los niños a soportar el agrio sabor de la comida de manera estoica: no quieren hacer sentir mal a su madre, quien para ese momento ya se ha llenado de excusas que murmulla sonrojada viendo directamente al platillo que por cuenta propia reconoce también como extraño.
El silencio reina en la cocina, la única que lo rompe es la vieja, tratando de jugar el papel que todos esperan que desarrolle.
“Nunca son buenas las salsas de lata”- dice como una sentencia.
Para la noche la familia enferma. Inclusive bromean con establecer turnos para usar el baño. La madre se encierra en su cuarto y finge estar interesada en una película televisiva, se hunde el las sábanas de una colcha y finge encontrarse abstraída.
La vieja parece ser la más afectada, sale y entra del baño a intervalos de 30 minutos. A su edad -comenta- su estómago es muy delicado.
Su hijo entra a hablar con ella a la habitación, se muestra apenado, ansioso y sobre todo culpable.
Madre, lo siento- fue lo único que salió de su boca tras 5 minutos de silencio.
Mañana te saldrá mejor el arroz, finalizó, al dirigirle una mirada de complicidad y entendimiento.
Entrecerró la puerta de la habitación de la vieja, mientras ella descansaba en su cama tocándose levemente el vientre con una mano.
Está listo, el aguijón ha sido insertado y ahora puedo morir como una abeja, una abeja reina- se dijo para sus adentros mientras se paraba trabajosamente para ir otra vez al baño.