domingo, 14 de junio de 2009

LIBRETA ARRUMBADA (PÁGINA DOS)

Sección fantasmagórica
NECRÓPOLIS
“ Todo pasado pertenece ya a la muerte”
Puede parecer que en aquella necrópolis permanecía yo inerte, casi inmóvil. Pero no era así. Diario era una lucha contra alguien, algo o contra mí, porque ella traía tras sí, todos los días, un montón de fantasmas que se negaban – después de mil entierros- a dejar de salir.
Con las manos ya callosas, medio rotas de tanto cavar para enterrarlos, en tierra estéril y con ese mismo resultado, me resolví un día proponerle escaparnos de ellos para siempre.
No me fue fácil convencerla, en un principio ella pensaba que aquellos eran parte inherente de su ser y que dejarlos atrás modificaría para siempre, de manera irreversible, su personalidad. A pesar de saber quién era, jamás llegaría a recordar quién fue.
Entonces le hice ver que eran sus fantasmagóricas presencias quienes dependían de ella y no en viceversa. Bastaba ver los esfuerzos que hacían para ser notados y la apremiante angustia que les provocaba ser ignorados, peor aún ¡olvidados!
No, ellos se mantenían aún sólo porque ella les seguía llorando su muerte, porque lagrimeaba secretamente cada vez que en lugar de echar tierra de por medio le huía a la fosa que permanecía abierta y a la vista.
Pero un día, aceptó irse lejos conmigo y escapar juntos de todos sus muertos. A pesar de la grata sorpresa me fue ésta igual aterradora: me descubría a mí misma sosteniendo con fuerza su mano, siendo interrogada por ella, una y otra vez, acerca del rumbo que tomaríamos. Antes de que me invitara a pasar a su cementerio, yo únicamente daba vueltas sobre mi propio eje hasta marearme, pensando y soñando mucho sobre caminos de los que sólo había escuchado hablar.
A veces se me dificultaba recordar lo que existía fuera de los muros del panteón, me parecía que siempre lo recordaba diferente, más claro , más oscuro, más ancho y reducido según me dictara el momento en el que me sumía a tales reminiscencias.
Pero estaba decidida a no rendirme, decidimos irnos.
Dimos vueltas hasta agotarnos, llegamos incluso a pensar que los límites del terreno, antes asequibles, se extendían a nuestras espaldas. Pero le hablaba, le hablaba mucho sobre otras tumbas, otros ecos, otros muertos.. y de vez en vez, de la vida que sabía que existía allá lejos, fuera de nosotros.
En una de esas vueltas, ya llenos de cansancio, fue ella a caerse, precisamente, en una profunda fosa abierta. A su caída cuatro segundos después, le prosiguió un golpe seco.
Me asaltó la preocupación. Viendo hacía la oscura profundidad le pregunté si se encontraba bien, pero no contestó. Todas mis preguntas fueron contestadas con silencio. Volteé hacía mi alrededor para descubrir que los fantasmas notaron lo que pasó. Ellos se acercaron a la fosa, la rodearon y todos en montón dieron un salto hacía dentro.
Le pedí que saliera rápido, que escalara por las piedras sobresalientes, que se agarrará de las raíces, de lo que fuera. Le tendí mi brazo, pero era muy corto. Me gritó ahí, más abajo que el suelo, que le tenía miedo a las alturas.
Tenía miedo y le grité que sin los fantasmas, que le hacían compañía, había podido observar al fondo una gran puerta argelina. Pero ella ya no me escuchaba.

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