domingo, 17 de mayo de 2009

CUENTO

(Uno de mis primeros cuentos, lo escribí hace más de 5 años. Rescatado de una libreta exorcista de mi adolescencia. El nombre ahora es diferente)


La amiga

Si he de hablar de mi infancia, lo haré empezando con una frase que en sí sintetiza una buena parte de esta etapa. La cual afectaría de manera considerable el desarrollo psicológico que determinaría más tarde mi carácter; fui una niña solitaria; por cualquier cosa que con eso se entienda.

Me parece que la imprecisión le hace favores a los hechos: los hace más interesantes, porque lo impreciso siempre queda revoloteando en la mente hasta impregnarse de la mente misma del receptor.

Fui una niña solitaria, no sociable. Me di cuenta desde muy chica,-tendría escasos siete años,-de algo que aún tiene validez dentro del razonamiento supuestamente maduro ,más bien decadente de la adolescencia tardía; me hice de una idea acerca de los demás de la cual no me he podido deshacer desde entonces.

Tenía la vaga impresión de que las personas utilizaban a los demás para descargar su energía psíquica. Energía que de otra manera se volcaría sobre ellos mismos y, por su intensidad, sería siempre de carácter destructivo; cosa que no sucedería siempre cuando se descargara en los demás: entonces habría la dual posibilidad de lo positivo y lo negativo; siempre dependiendo de la persona a la cual fuese dirigida.
Por supuesto que en ese tiempo no me plantaba de esa específica manera las cosas, si no que me preparaba los cimientos de tal idea: pensaba que si los seres humanos necesitaban tanto de los demás no era sólo por el hecho del sentirse queridos y acompañados; sino por algo aún más egoísta que lo anterior : podían eximirse de cierta culpa.

Era un compartir, un dividir cierta pena, cierta sentencia-podría bien ser la vida- en dos o más partes, era querer responsabilizar al “otro” de algo, cualquier cosa; si era una futileza mejor aún, es como un crimen silencioso y perfecto por su pequeñez pero constancia.

Esta curiosa idea- no sostenible ni demostrable fue lo que paradójicamente me llevó a establecer mi primera relación de amistad, por más irónico que parezca, de ahí partió el hecho de que tuviera a mi primera amiga. Aunque para llegar a eso pasó un largo tiempo intermedio de peripecias infantiles; cada una de ellas sólo reforzarían la idea expresada anteriormente.

Como lo había dicho antes, en mi estado de “soledad”; pasaba las horas abstraída, no hay forma más fabulosa de construir un muro impermeable contra la “parte de nuestra persona que es expulsada al exterior”. Es dejar bien en claro una cosa: esa parte es también de otros, vive de la audiencia; en soledad duerme.

Sin confundir, somos nosotros mismos: el políticamente correcto Yo, la versión desprovista de las sinuosas protuberancias de la perversión.

El repliegue en nosotros mismos posee una de las más peligrosas cualidades, sino es que la más peligrosa, pensando que se me conceda el poder de clasificar los peligros del ser humano, la cual es la adicción.

Es aditivo no por el hecho de que se encuentre uno en un lugar cálido, seguro; al que por tales adjetivos se haga obvio que se tenga por este una inclinación casi instintiva.

Es aquí donde hago un paréntesis, la observación empírica, a la cual me he dedicado de manera vitalicia, me ha permitido la construcción de una teoría, por ser inadmisible en el contexto científico, se ha establecido en mi mente como una revelación intuitiva personal; a la cual le debo subordinación por el simple hecho de ser tan mía; para mí el primer instinto no es el de supervivencia-al menos no en el ser humano-el primer instinto es el placer. La vida se trata de conservar a toda costa sólo por un fin, es el lugar donde existe la posibilidad de obtener placer.

Así que el instinto por el cual algunos tenemos una inclinación por el repliegue en nosotros mismos es el placer.

El placer de vivir en nosotros no consiste en que uno se encuentre en un lugar agradable, sino en uno conocido: se sabe que esperar, se conocen los límites, no hay sorpresas: ni gratas ni desagradables. He ahí ese extraño placer, y las aún más extrañas personas que lo experimentan, como yo; que hablo de las sensaciones placenteras de estar en un lugar conocido, no por eso agradable necesariamente. Nosotros mismos.

Recuerdo muy bien el día en que dejé de hablar con los niños de mi edad, me parecía que nunca los podría tener contentos. Unos buscaban cambiarme, para que fuera tan parecida a ellos que su relación de amistad conmigo no fuera más que una extensión de su ego; otros querían mi compañía, no porque me apreciaran y desearan pasar tiempo conmigo, no; sólo no querían que los demás los creyeran incapaces de poder tener amigos, para que no los creyeran débiles o incapaces; entonces era mi persona quien llenaba un vacio de frustración en el mejor de los casos.

Había otros casos menos afortunados, había quien se acercaba a mí porque sentía compasión, porque mi habituada actitud taciturna no me permitía ser amigable. Estos juraban sentir que me dolía ser despreciada de tal manera por mis congeneres. Si no les mostraba una muy visible tristeza terminaban por alejarse, su compasión los hacia superiores, al no existir una notoria diferencia no tenía ningún caso compadecerse de alguien que no era total y perpetuamente más desgraciado que el compasivo.

Así que me alejé de ellos, dejé de buscar su simpatía, dejé de tratar de agradarles. No hablaba con ellos más que lo estrictamente necesario, en los recreos jugaba sola, lejos de todos. Debo decir que esto no sólo me ahorraba tiempo y esfuerzo; también habían mejorado mis notas y disponía de toda la tarde para hacer lo que a mí me placiera en gana.
Por consecuencia mis maestros se dieron cuenta. No porque fueran constantes veladores de la salud mental de sus alumnos manifestada en su conducta; sino porque algunos de mis compañeros hablaron con sus padres de mí. La escuela cuidaba su imagen: querían que los niños sonrientes atrajeran más alumnos de nuevo ingreso para el próximo semestre;una niña triste y sola era mala imagen para la escuela. Ellos hablaron a su vez con mis padres, se había llegado a un común acuerdo entre todos; algo malo con seguridad pasaba en casa.

Mis maestros presumiendo sus escasas nociones de psicología infantil citaron un día a mis padres en la oficina del director. Ahí estaba el cuarentón director de cabellos negros, piel morena, lentes, estatura baja y mediano peso; quien se agarraba compulsivamente su barba de candado hasta peinarla de manera meticulosa.

Él se encontraba junto con mis otros maestros, mi maestra de “Español”-o más bien maestra multidisciplinaria de la cual hacen uso las primarias: maestras quienes sólo saben lo más mínimo de todo. Además mi maestro de Ingles, Mr. Tom; un estadounidense rubio, de ojos azules, piel pálida y acento americano; quien constantemente tenía problemas con sus alumnos, problemas que él etiquetaba de “choque cultural”, o era más bien que todos disfrutaban jugándole bromas en las que utilizaban juegos de palabras incomprensibles para él debido a su falta de dominio en el idioma español.

Ambos maestros no dijeron nada más de mí aparte de lo que se les preguntó.

Al parecer el director sólo los creía útiles como testigos que asegurarían que la escuela tomaba parte en los asuntos interpersonales de sus alumnos. Juntos tuvieron una conversación que por las anécdotas de mis progenitores, reconstruiría ayudada de mi imaginación de esta manera:

La he citado para hablarle del comportamiento de su hija. A veces no nos percatamos que el comportamiento de nuestros hijos difiere un poco del normal, del saludable; usted sabe... es difícil prestarles atención todo el tiempo, pero es necesario hacerles un espacio en la agenda de nuestra vida- probablemente dijo el director.

Nuestra hija es completamente saludable, su comportamiento es diferente porque ella es diferente, o mejor dicho no común. Deberían más bien alentar a los niños que en tan temprana edad son unos individuos autónomos con personalidades definidas: ella es tímida, siempre lo ha sido- posiblemente respondió mamá.

Ya no estamos hablando de timidez señora, y lamento dirigirme tan crudamente, pero parece que no ha entendido mi punto. Su hija sufre de una casi total misantropía-(cambiando un poco de tono para crear un efecto persuasivo)- Los niños no siempre tienen la capacidad de utilizar el idioma para comunicarse, para darle a conocer al mundo sus necesidades, sus frustraciones, sus problemas: escogen otro tipo de lenguajes, casi siempre como estos; cambios repentinos y drásticos de actitud, a la que los especialistas llaman “formas de llamar la atención”... ¿Cree que su hija le éste tratando de decir algo?- me gusta pensar que preguntó.

Dudo mucho que se trate de algo grave: somos una familia totalmente normal, si lo que está insinuando es un tipo de anomalía o desintegración familiar, dudo mucho que ese sea el caso. Habría que ver entonces cual es su ambiente escolar, ¿No cree? [...]- palabras evasivas que pudo haber pronunciado mi madre.

Así que mi “actitud” fue una culpa que todo mundo trataba de adjudicar a otro. Al parecer el razonamiento era este: yo era una pequeña niña, ¿Qué poder tenía yo sobre mi propio comportamiento? Decían que algo trataba de decir, cuando pensé que había sido clara: no quería decir nada a nadie, ¿No era por eso que era callada? Fue ahí cuando me di cuenta de algo: ¡Qué poco esperan los adultos de los niños, incluso en las cosas negativas!

Me di también cuenta que la junta había causado una profunda impresión en mi madre, aunque bien había tenido la prudencia de ocultárselo a todo mundo. En cuanto a mí, su preocupación me era parcialmente transmitida a través de unas mal ocultas indirectas. Entre las muchas que me dirigió recuerdo una en especial, la cual referiré para darme a explicar de una manera correcta.

Un día me encontraba yo en mi cuarto leyendo por enésima vez un viejo cuento infantil. Este narraba la historia de un sapo caricaturesco que no sintiéndose pertenecer al grupo de sapos de su charco, imaginaba melancólicamente todas las noches la manera por la cual le fuese posible llegar a la luna y vivir en ella. Me encontraba leyendo ese cuento y uno de Hans Christian Andersen – el cual no recuerdo- simultáneamente. Estaba acostada en mi cama sosteniendo el libro enfrente de mi cara. Estando yo tan concentrada que no advertí la presencia de mi madre hasta cuando su cercanía a mí era tal, que me impedía evadirla de manera sutil. Se sentó en la orilla de la cama, en la izquierda; dejo caer su cuerpo en mi cama hundiéndola de su lado un poco, me miró a los ojos con los suyos; unos pequeños ojos cafés; su largo cabello negro se partía en dos grandes mechones en la parte inferior de la nuca, estaba más pálida que nunca, tenía un aire reflexivo e inseguro, aparentando una amistad que para mí nunca había tenido, me dijo lo siguiente:

¿Por qué estás encerrada en tu cuarto en tan bonito día?, ¿No sientes deseos de salir a jugar?-dijo ella en un tono que pretendía simular como infantil, quizá con la esperanza de acercarse por este medio a mí.
No-contesté- me gusta estar aquí, si no me gustara y me gustara más estar afuera, ahí ya estaría.
Mi madre no supo que responder. Al parecer me creía más estúpida de lo que realmente era. Así que volvió a insistir de nuevo:
¿Por qué prefieres estar aquí adentro sola en vez de estar afuera, donde están los niños?

Al parecer la respuesta que le di no le satisfizo, pero la alertó de que yo era lo suficientemente inteligente como para no ser convencida por una conversación tan mal preparada y barata como aquella, así que dije sin reparo y de un golpe:

Precisamente por eso: porque afuera están los niños.
Después de eso su mirada se llenó de terror: quizá si había algún problema conmigo. Al menos por ese día me dejo en paz; pero continuaría propiciando conversaciones como por largo rato.

Mi comportamiento no se modificó en seis meses: yo seguía evadiendo a mis compañeros de mi escuela, hablaba poco, participaba poco en la escuela, jugaba sola y convivía poco con mis padres, aunque ese aspecto no me exigía ningún esfuerzo-,mis padres ya desde antes me prestaban poca atención.

En su mente mi madre había estado haciendo conjeturas; mi padre había ignorado todo evadiendo el tema. Para él éramos una familia sana, él nos había dado todo; yo tenía que ser feliz, no existía otro curso ni otra posibilidad.

Mi madre empezó a creer que yo tenía un problema: tal vez sufría de alguna psicopatía o peor, tal vez era infeliz. Era ésta última posibilidad la que más la alarmaba, el caso de que tuviera alguna enfermedad patológica la eximía del arrepentimiento, el que fuera infeliz no.

Aunque para ser precisos se entiende que no era ninguna de las dos, había decidido que la convivencia me quitaba más de lo que me daba o peor aún: no me daba nada. Pero en ese punto los nervios de mi madre, las observaciones de mis maestros y la presión que ejercían sobre mí mis compañeros- siempre con el propósito de que fuera sociable empezaron a hacer estragos en mí. Cedí.

Pero eso sí, muy a mi manera.

Empecé a hacer un repaso de lo que eran mis actividades; aquellas que hasta el momento había realizado en solitario de manera satisfactoria se me presentaban como faltantes de “algo”. Me llegué a preguntar hasta que punto debería de ser así. ¿Hasta qué punto estaba en lo correcto?

Así que cedí: tuve a mi primera amiga; pero no sería ni sencillo y común; mi primera amiga fue imaginaria.

No me atrevía a mendigar de ninguna manera la amistad de mis “compañeros de la escuela”, nada más alejado a lo que era yo. Así podría imaginar a mi amiga de la manera que yo quisiese. Terminó siendo, por un acuerdo tomado en la soledad de mi cuarto a obscuras: una chica de mi edad (7 años), su nombre era Violetta ,cabello negro largo, larguísimo, al las caderas; ojos verdes, piel pálida, estatura baja, flaca y vestida toda de negro: mi color favorito.

Si hay que ser más específicos incluso diseñé su ropa como si se tratara de una bella Barbie Malibu. Pero en cambio a ella le hice vestir la ropa de mis libros, de mis cuentos; vestidos victorianos ingleses; pero todos teñidos de negro. Y siendo mi creación la pequeña “Frankestein” debía de ser como yo, o más bien como habría querido ser: creía estúpidos a los demás niños, y aún más estúpidos a mis padres; y sobre todo creía que yo era genial.
Ella tenía las más locas ocurrencias acerca de todo, ella, por lo contrario a mí, no callaba nada. Decía lo que pensaba, decía lo que yo quería decir. Y lo decía. Si no era a los otros que no la veían; si me lo decía a mí.

Aparecía cuando me encerraba en mi cuarto y el atardecer pintaba el cielo de rojo en unas nubes que se alargaban hasta su máxima posibilidad. Me lo decía cuando lloraba rabiosa de tanta frustración oculta. Ella también era sensible como yo: se le agolpaba el corazón y comprimía violentamente en espasmos todo el día; le dolía ella misma, le dolía la vida. Era el fantasma de noches de abruptos insomnios, de las noches apenas empezadas a dormir. Era el recibir un amanecer precozmente presentido.

Me encerraba en mi cuarto después de ir a la escuela; después de entregarme a la farsa, después de estar en cualquier lugar para buscar salir de aquel lugar. Los lugares tienen nombres; la imaginación tiene colores. Llegaba después del cansancio de todo un día y ahí estaba: se me presentaba siempre y hablábamos.
Cuando yo lloraba y ella lo hacía de igual manera dejaba de avergonzarme. La vergüenza se encuentra en la diferencia.

Mi amiga imaginaria me había cambiado, dado un escape, me había dejado utilizar mi lenguaje. Y nada fuera de eso me importaba. Hasta que empezó a perseguirme todo el día, hasta que empezó a vivir cuando estaban conmigo otras personas también, cuando no estaba sola; todo el tiempo.

Me hablaba cuando me hablaban otros y tenía que contestarle, a veces en voz alta, por que mis soliloquios interiores no alcanzaban a contrarrestar la sordera que le producía la atención que le dedicaba a otras actividades, no a ella.

Pero a Violetta parecía no importarle precisamente eso, cuando le hablaba en voz alta en presencia de otras personas, estas se extrañaban, se preocupan, me temían.

Estaba preocupada, podrían saber que la veía o verla, y eso sería- pensaba yo- lo peor; no le agradaría a nadie, nunca le perdonarían pensar lo que pensaba, no le perdonarían el que no sonriera, el que fuera lista, el que fuera oscura y – entre todas las cosas- jamás le perdonarían que fuera tan sincera.

Iba conmigo a la escuela, paseaba por las bancas y los salones. La veía y me asustaba: era como un fantasma. Peor aún, sabía que era mi fantasma. Me llenaba de culpa.

Pero todo tiene un fin y habría de haber un día en que la dejaría de ver.

La última vez que la vi fue en la escuela. Me acompañaba ahí como lo venía haciendo desde hacía ya dos o tres meses. Se sentó en la banca vacía atrás de mí. Me decía cosas horribles acerca de todos, como solía hacer siempre. Me decía cosas a mí también. En los últimos meses de su existencia era conmigo con quien más se ensañaba. Me decía cosas que yo le había confiado en secreto, cosas que me vejaban con sólo pensarlas. Me hablaba incluso de sexo. Paseaba junto a las paletas de unas bancas rayadas de madera comprimida, rozaba sutilmente los respaldos naranjas y los movía oscilándolos. Llegó a acariciar mis cabellos de una forma que más parecía que los jalaba. Se mezclaba con lo niños de mi salón, paseaba desafiante entre las otras niñas, ella sola; como presumiéndoles su autonomía, enseñándoles lo pueriles que eran y lo banales que serían aún después: como si presintiera el futuro.

Estábamos en clases, la maestra estaba enfrente de la clase, cerca del pisaron. Y Violetta se paseaba por entre las bancas, entre fila y fila. Cantaba versos, salían de su carnosa boca con un tono agudo que más parecía el de una mujer mayor.

Cantaba versos acerca de lo que antes me platicaba en soledad, me asustaba porque retaba a todos, y lo hacía sabiendas de que no debía decirlo. El sol de un verano precoz se colaba por los vidrios de las ventanas del salón, todo objeto dentro del cuarto estaba lleno una pequeña cubierta dorada de luz.

Empecé a cantar yo también lo que Violetta cantaba, canté también, ahí enfrente de todos.

Entoné los versos que ella creaba, aquellos llenos de ignominia, de pecado, de un filoso cinismo descarado, de una rebeldía involuntaria. Me puse a cantar acerca de lo ella me venía hablando desde hace ya tanto tiempo, lo canté en voz alta frente a las miradas incrédulas de todos, mi voz llenada el cuarto más de sorpresa que de sonido. Todos callaron y me escucharon cantar. No creían que alguien hiciera eso en plena clase y que cantara sobre esas cosas. La sangre se me agolpaba en las mejillas, sentía estupor, la vergüenza se apoderaba de mí. Notaba la desaprobación de todos en sus rostros.

Al final me regañaron.

Me llevaron a un cuarto, en la oscuridad de una oficina que daba la apariencia de encontrarse herméticamente cerrada. En donde los muebles ocupaban la mayor parte del espacio, un librero grande, un escritorio grande, una lámpara, dos sillas igual de grandes, una repisa, un sillón del otro lado del escritorio.
Me dejaron ahí con la angustia de un castigo anticipado, sabía que preparaban un castigo para mi, sabía que estaban hablando de mi y que ideaban como castigarme por haber hablado. Me dejaron sola y ese era el principio de mi tormento, me dejaron sola por mucho tiempo; tanto que empecé a desesperarme de mi compañía.

Me empezaron a retumbar en los oídos el eco de las palabras pronunciadas, la imagen de Violetta cantándome esa canción para que yo lo hiciera de igual manera.
Después entraron ellos, el director, mis maestros. De nuevo reunidos ahí con el mismo fin, el de hablar conmigo, mejor dicho el de hablar de mi.

Me preguntaron por qué había hecho eso, porque había cantado acerca de “esas cosas” las palabras aún eran innombrables para aquellas bocas adultas, apesar de los años.

Yo no supe que decir, sus ojos inquisidores me cohibían. Por alguna estúpida razón opté por decir la verdad: les conté acerca de Violetta. Les dije que ella era mi amiga imaginaria, que la había creado y después había perdido control sobre ella. Que se presentaba siempre, en todas partes, en los lugares más inconvenientes; en la escuela. Que me decía muchas cosas, que lo que había hecho ese día era el resultado de su intromisión en mi vida. Les expliqué que yo la veía como se ven las personas reales; como yo, como nosotros.

Lo que canté era lo que ella había cantado. La culpé una y otra vez de lo que había pasado, de lo que había hecho y dicho. Y mientras les decía esto yo pensaba para mis adentros, ¿qué tanto de lo cantado y de lo que me decía Violetta no lo había yo pensado anteriormente?

Ese pensamiento me azoró, era más fácil que fuera ella la única culpable, que fuera el chivo expiratorio de mis remordimientos. Era más fácil que a ella se le ocurrieran esas cosas y no a mí. Que hiciera de mí sólo una víctima.

Hablaron con mis padres. Ellos decidieron que la escuela llevaba demasiado lejos el asunto. Lo minimizaban de tal manera para que les fuese más fácil después ignorarlo.

Cansados de enfrentar algo que más bien querían evitar me cambiaron de escuela a la semana de lo sucedido. Me encontraron una nueva escuela a las orillas de la ciudad, donde nadie sabía de mí o de lo que me había pasado. Donde podía empezar de nuevo y donde, como ellos decían: “Podría hacer amigos”.

Empecé el semestre en esa escuela, donde seguí siendo igual de tímida y callada como lo había sido en mi escuela anterior. Tenía las mismas dificultades para relacionarme con los demás.

Dejé de ver definitivamente a Violetta. Fueron meses los que la estuve buscando en la oscuridad de mi cuarto. Llegué a pensar que su ausencia era el castigo que ella me inflingía por haberla culpado o por haber hablado de ella. La invocaba en soledad y la llamaba por su nombre en las noches. Me encerraba en mi closet, donde simbólicamente simulaba cerrarle las puertas a la realidad, y en la estrechez de dicho espacio, abría las puertas de mi mente.

Ya nunca la encontraría.

Habría algo en mi nueva escuela que diferiría de la anterior. A pesar de que mi carácter seguía siendo el mismo, conocí a una niña que sería mi amiga. Ella parecía no importarle las rarezas que me permitía a mi misma, mi timidez, mi natural inclinación por estar sola. Parecía que esto era para ella más un reto que un obstáculo. Así que yo me permití, temiendo ser vulnerable, ser su amiga. Ella fue mi primera amiga “real” que tuve. Era una niña de ocho años, piel morena, de baja estatura para su edad, muy flaca, con ojos pequeños y brillosos, atentos. Inquieta y muy activa a diferencia de mí.

Fue una cosa en particular la que me hizo convertirme en su amiga, había pasado por un proceso similar al mío, sólo que eufemísticamente, ella lo nombraba como conciencia.